Era fama que Atahualpa,
viendo bella y pura a Nina,
quiso al templo consagrarla
y que ella respondió al Inca:
«Perdí a mi madre en la cuna,
mas no la doy por perdida,
porque, cuando pienso en ella,
junto su alma con la mía.
»Ella era esposa, era madre,
y así era la virtud misma;
fue para el sol virgen pura,
pues tuvo alma sin mancilla.
»Con arrullo de paloma
mi padre, desde muy niña,
me enseñó a ver en el cielo
a mi madre y la justicia.
»Para que en el sol pensara
más que en mí, me llamó Nina.
Yo soy, pues, del sol la virgen,
mas mi templo es la campiña.
»En los prados y en los bosques,
en oteros y colinas,
en tantos cerros nevados
que por doquier se divisan,
»difunde el padre sus rayos,
con ellos todo ilumina,
y todo se muestra en orden
y variedad infinita.
»Con ellos, todo despierta,
se colora, se matiza,
se fecunda, se embellece
y a adorarte ¡oh Sol! convida.
»Millares de aves te cantan
entre las selvas floridas.
¿Por qué esconder entre muros
tu alta gloria y nuestra dicha?
»Yo seré del sol la virgen
sin verme nunca oprimida,
cual si la Bondad Suprema
fuera celosa y mezquina.
»Quiero libre, no entre muros,
consagrar el alma mía
al que mostrando grandezas
quiso hacer grande la vida».
Admirado y temeroso
de tan extraña doctrina,
el rey mandó que en su corte
nunca penetrara Nina.
Y ella vagaba en los bosques
libre como la neblina,
admirando en cielo y tierra
la eterna sabiduría.