¡Buen Eteocles! ¡Rey de los Tebanos!
Nuevas te traigo de la hostil falange.
Todo lo presencié. Siete caudillos
En ancho y negro escudo recogían
La sangre de los bueyes inmolados,
Y en la sangre sus manos empapando,
Por Ares, por Belona y por el Miedo,
Ávidos de matanza, ellos juraron
La Acrópolis hundir de los Cadmeos,
Y el pueblo desolar, o en propia sangre
Esta tierra bañar, muriendo todos.
De Adrasto el carro con los tristes dones,
Que a los ausentes padres un recuerdo
A Argos llevasen, tácitos coronan.
Sus lágrimas corrían; mas la queja
No salió de sus labios. Su alma férrea,
Cual león por la presa se agitaba.
Ni un punto detendrán su audaz intento:
Echando suertes los dejé; los dados
Dirán qué puerta cada cual embista.
De la ciudad elige los mejores,
¡Oh Rey!; en cada puerta uno combata,
Que ya del todo armada se avecina
La hueste de Argos; se levanta el polvo,
Y los campos albean con la espuma
Que exhala la nariz de sus corceles;
Tú, cual diestro piloto, afirma y salva
Esta ciudad que es combatida nave,
Antes que llegue el torbellino horrendo
De Marte. Onda terrestre se levanta,
Inmensa multitud que vocifera.
No pierdas los momentos; explorando
Yo seguiré; mis ojos siempre abiertos,
Y fiel como hasta aquí, cuanto suceda
Presto sabrás, porque salvarte logres.