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José Zorrilla · Modernismo

La flor de los recuerdos (México) — 38

español

¿No te acuerdas, le decia
A su pastora un pastor,
De aquel venturoso dia
En que los dos á porfía
Nos jurábamos amor?

¿Te acuerdas que á tu ventana
Suspendí un ramo de flores,
Que pintó aquella mañana
La naturaleza humana
Con los mas bellos colores?

¿Y tú luego lo llevabas
Sobre tu pecho prendido,
Y ocultarlo procurabas,
Porque por allí pensabas
Que acechaba yo escondido?

¿Te acuerdas que ya vecina
La noche, te llegué á ver
Cerca de nuestra colina,
Junto á la frondosa encina
Que á los dos nos vio nacer?

¿Y que entonces temerosa
De que yo te detuviera
En la noche silenciosa,
Te lanzaste presurosa
A correr por la pradera?

¿Y al punto que en la alquería
Cercana te ibas á entrar
Viendo que yo te seguia,
Hizo la fortuna mia
Que te llegase á alcanzar?

¡Oh¡ ¿No te acuerdas, querida,
De aquel divino momento
En que, á mis ruegos rendida,
Iba á quitarme la vida
El esceso del contento?

¿Y que á pesar del rigor
Que á mis ansias oponía
Tu inocencia y tu temor,
Luchando con el amor
Que en tu casto pecho ardía,

Logré en divino embeleso
Cual ningún mortal gozó,
Dejar en tu boca impreso
Aquel dulcísimo beso,
Que en el cielo resonó?

. . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . .
Aun mas iba á recordar
El indiscreto pastor
Si ella no le hace callar;
Que no se han de revelar
Los misterios del amor.

Pues al placer nos provoca
La libertad del festín,
Deja que llegue mi boca
A esa boca de carmín.
Verás que ningún sabor
En dulzura se asemeja
Al que en el alma nos deja
El beso que da el amor.
Quita esa gasa importuna,
Desnuda ese hermoso pecho,
Que hoy me dan este derecho
El amor y mi fortuna.

Y ningún rubor te cueste
Quitarte ese azul tisú,
De azul que llaman celeste
Tal vez por que lo usas tú.

Haz que tu semblante bello
No me ofusque esa guirnalda:
Deja flotar á la espalda
Tu perfumado cabello.

Si tú solo á tí te igualas
Y yo en tí mi placer fundo,
No necesitas de galas,
Tú eres la gala del mundo.

. . . . . . . . . . . . . .
Esparce en nuestro contorno
Esas flores que aquí ves:
Sirvan al suelo de adorno
Y de alfombra á nuestros piés.

Mira que una sola vida
En el mundo se nos dá,
Y que la deja perdida
Quien sin gozarla se va.

Esta vida es un vergel,
Y el placer es una rosa
Donde el alma se reposa
A embriagarse con su miel.

Y al empezar su camino
Una suerte al hombre toca
Que muy rara vez revoca
El caprichoso destino.

Y éste déspota inclemente
De su poder hace alarde;
Pero teme al que es valiente
Y solo oprime al cobarde.

Son sus armas el temor
Que al débil la muerte inspira;
Sus promesas son mentira,
Solo es cierto su rigor.

Pues burlemos á la suerte
Que en nosotros recayó.
¿Acaso temes la muerte?
¿Acaso la temo yo?

¿Que és morir? Dejar de ser.
¿Que és vivir? Poder gozar.
¿Y qué goce puede haber
Mayor que el goce de amar?

Si promete otros placeres
Lo que llaman la razón,
Inciertos placeres son,
O mas bien son pareceres.

Deja que de esta moral
Se escandalice y asombre
El que condena en el hombre
Todo lo que es natural.

Si en su doctrina de hiel
Es dichoso este censor,
Yo, en mi doctrina de amor
¿Soy menos dichoso que él?

Todo al placer nos convida,
Démonos prisa á vivir,
Y verás como la vida
Se desliza sin sentir.

Esa amorosa ansiedad
Que arder en tus ojos veo,
Apenas es el deseo
Y ya es la felicidad.

Cede pronto de tu ardor
Al agudo llamamiento,
Que es de gran peso un momento
En la balanza de amor.

Bien podrá hacer esta suerte
Que divida con su filo
De tan dulce vida el hilo
La guadaña de la muerte.

Cuando llegue á suceder,
Nunca temeré, querida,
La pérdida de la vida,
Sino la de este placer.

Tal hombre que así hablaba en su delirio,
El tiempo vino al fin á despertar,
Y de los desengaños el martirio
Sintió por sus entrañas penetrar.

En el humilde lecho en que yacía,
Con su trémula mano esto escribió,
Y acaso no escribió cuanto quería
Por que antes el aliento le faltó.

Las frecuentes emociones
Gastan pronto el corazón,
Ahuyentan las ilusiones,
Y ponen á la razón
En lucha con las pasiones.

Entonces la saciedad
Deja al campo sin verdor,
Sin su perfume á la flor,
Sin su brillo á la beldad,
Y sin encanto al amor.

La memoria martiriza;
Lo que se llega á la boca
Es amargo y horroriza,
Y todo cuanto se toca
Se vuelve polvo y ceniza.

Y pasando el desvarío,
Se vé el alma con dolor
En tan horrendo vacío,
Que si el vivir causa hastío,
El morir causa terror.

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Autor
José Zorrilla (1817–1893) · Wikidata Q331863
Título
La flor de los recuerdos (México) — 38
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-la-flor-de-los-recuerdos-mexico-38--jose-zorrilla-3ffd0e
Cita recomendada
José Zorrilla, «La flor de los recuerdos (México) — 38», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-la-flor-de-los-recuerdos-mexico-38--jose-zorrilla-3ffd0e.html

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