Corre tras el saber el nombre ansioso;
Día y noche se afana,
Y su salud lozana,
Por la primera víctima, gozoso
Eu las aras ofrece
De ese ídolo que nunca se enternece.
Cree mirar la verdad, va á darle caza,
Se acerca sudoroso, error abraza;
O bien en lides rudas
Su mente lucha con eternas dudas.
Le hace el honor trillar áspera via,
Vivir siempre agitado,
Tétrico y angustiado,
Corriendo en pos de vana nombradía:
Cree ya eterna su gloria:
Ese hecho es digno de inmortal memoria:
Mas ¡ah vil detractor! ¡ah pátria injusta!
Lograste calumniarlo, y en la adusta
Tiniebla del olvido
Verle con sus hazañas sumergido.
La alma del hombre, mal su grado, encierra
Mil afectos contrarios,
Que tercos siempre y varios,
Juran á la razón eterna guerra:
Ama el bien, y no lo hace;
Quisiera huir el mal y el mal le place;
Hace hincapié en el fango, mira al cielo,
Y se hunde mas, y mas se apega al suelo;
Verla quisiera suelta,
Y anuda su cadena en otra vuelta.
Sus esfuerzos inútiles semeja
El fatigoso empeño
De al que amedrenta un sueño,
Que en levantar los párpados forceja
Y con ahincos crecidos
Lucha sudando, y ellos mas unidos:
El uso busca de los pies y brazos,
Mas los embargan del sopor los lazos,
Y como roca inmensa
Así le pesan si moverlos piensa.
A la mañana por un bien anhela
Que su razón ofusca,
Desvivido le busca,
Ni sacrificio habrá que hacer le duela;
¿Logró lo que apetece?
A la tarde le cansa y le aborrece.
Siempre inconstante, cual la frágil caña,
Que recio bate de aquilón la saña,
A dó quier se doblega,
Va, viene, vuélvese á ir y no sosiega.
¿Qué es lo que quiere el hombre?; ¿qué aborrece?
El se ignora á sí mismo;
Negro y obscuro abismo
Dó un enjambre de monstruos nace y crece;
Y si corta y desecha
De ellos alguno, mil retoños echa.
El los vé con horror, se huye cuitado,
Cual ciervo por los perros acosado:
De placeres mendigo,
¿A dónde vas, si siempre vas contigo?