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José Zorrilla · Modernismo

La azucena silvestre — 2 — Capítulo VII : El Conde y Guarino

español

EL CONDE Quienquiera que seáis, vos en quien tales
prodigios obra omnipotente Dios,
alzaos, y éste que alcanzar no puedo
explicadme.
GUARINO Pues bien, oid, señor.
Teníais una hija hermosa y pura,
fruto gentil de vuestro casto amor,
fragante flor que embalsamaba el vaso
de vuestro amante y noble corazón.
Un rayo que en la atmósfera nublada
el infernal espíritu inflamó,
en sus ojos ahogó la luz del día;
y en nombre del altísimo Hacedor,
con esperanza de milagro fácil,
un monje en Monserrate os señaló,
por cuyas oraciones vuestra hija
tornó a ver y gozar la luz del sol.
De fundar un suntuoso monasterio
con piadosa y rectísima intención
del ermitaño a cargo vuestra hija
en la fragosa soledad quedó.
Mas ¡ay! En vano en el siguiente día
buscóla allí vuestro paterno amor,
ni ella ni el eremita en sitio alguno
fueron de nadie vistos hasta hoy.
EL CONDE Mas ¿á qué renovar en mi memoria
el manantial oculto de dolor,
que las corrientes hasta entonces puras
del mar de mi existencia envenenó?
GUARINO ¡Ay de mí! Vuestra historia con la mía
mantiene tan estrecha relación,
que para hablaros de mí mismo, fuerza
ha sido que os hablara antes de vos.
Aquel santo eremita que los ojos
de María a la luz a abrir volvió,
aquel a cuyas férvidas plegarías
tan singular prodigio obró el Señor,
en lugar de velar por la olvejuela
que a su cuidado inerme se entregó,
lobo inhumano se tornó contra ella
en su sangre bañándose feroz.
EL CONDE ¡En su sangre!
GUARINO Vertida gota a gota
fue, y el vil asesino he sido yo.
EL CONDE ¡Miserable de ti! Toda la tuya
saciar no puede el vengativo ardor
en que la mía oyéndolo se abrasa.
GUARINO Tal vez para saciarla quiso Dios
ponerme en vuestras manos, exigiendo
la venganza de crimen tan atroz.
EL CONDE ¡Monstruo! ¿Qué fue lo que instigarte pudo
a delito tan vil?
GUARINO Oid, señor,
y antes de dar mi sangre por la suya
sabed toda mi horrible confesión,
y doble la vergüenza de contárosla
la pena que la culpa mereció.
EL CONDE Habla, y abrevia tu relato infando,
y calma para oírte me dé Dios.
GUARINO Vos, en la soledad de las montañas
me dejasteis vuestra hija; pensé yo
que diez años de duras penitencias
habrían de mi frágil corazón
hecho castillo inexpugnable, y ciego
confié de mí mismo en el valor.
La misma santidad de vuestra hija,
su noble y celestial resolución,
y el gran milagro que por mí reciente
obró Dios, me sedujo y me animó.
Santa, pero mujer, joven y hermosa,
debí de encomendarla al Salvador
que la guardara bien y huir en ella
la infernal escondida tentación;
mas, yo, necio de mí, con falso orgullo,
con inútil y estúpido fervor,
en la fe y la virtud por mantenerla
mi virtud y mi fe Satán hundió.
Permanecí junto a la hermosa niña,
dando a su fe primero admiración,
y después admirando su hermosura
que allí el infierno por mi mal envió.
Mi vista que en el trecho de diez años
en los cielos no más, en la oración,
o en la tierra con llanto penitente
fervoroso o humilde se fijó,
a contemplar su terrenal belleza
tornóse con impúdica atención,
y el fuego de infernal concupiscencia
dentro de mis entrañas se inflamó.
EL CONDE ¡Basta, basta! Comprendo el fin horrible
de esa historia fatal.
GUARINO Santo temor,
soplo expirante de virtud dos veces
de la inocente hermosa me apartó,
y otras dos veces me arrastró hacia ella
la astucia del demonio tentador;
y al vértigo carnal de su apetito
sucumbiendo mi imbécil corazón
víctima de mi torpe desvarío
su virginal pureza sucumbió.
EL CONDE ¡Revelación horrenda!
GUARINO Horrenda, pero
todavía la culpa fue mayor.
EL CONDE ¿Has hecho más aún?
GUARINO Cometí el crimen,
y en cuanto mi maldad lo consumó,
sus consecuencias en tropel bullente
aglomeró en mi mente la razón,
y Satanás poniéndose a mi lado
me hizo entender y calcular su horror.
Los otros penitentes solitarios
que habitaban las peñas como yo
me trajo a la memoria, y que inocentes
de mi culpa a ser iban de ella en pos
sólo objetos de escándalo, y del mundo
a cargar con la injusta execración.
—Ve —me dijo el demonio— mira infame
adónde tu maldad te despeñó.
Al acusarte esa mujer, entera
traerá la raza humana en derredor
a maldecir la hipócrita malicia
que en tu impúdico pecho fermentó.
Ese milagro real, que por tus manos
piadoso Dios y omnipotente obró,
a diabólica magia atribuido
va con razón a ser. Mira el baldón
con que cubres, infame, estos desiertos,
santuarios otro tiempo del Señor.
Esconde de los ojos de los hombres
ejemplo de tan vil profanación,
al menos porque en todos no recaiga
la pena que uno solo mereció;
o al renegar de sus ministros viles
renegará su santa religión.
Cubra al menos tu crimen el misterio,
engaña al universo por tu honor,
no excuses otro crimen, si.te salva,
y haz penitencia luego por los dos.»
Esto el infierno me inspiraba, y esto
que yo escuchaba de su falsa voz,
de una falsa vergüenza en mi conciencia
hizo brotar el humo embriagador.
Un pensamiento atroz, pero seguro
a mi mente febril se presentó;
y por sino fatal yendo arrastrado
a ponerlo en sangrienta ejecución,
privé de la existencia a la inocente
a quien privé primero del honor.
EL CONDE ¡Bárbaro!
GUARINO Y en las rocas enterrándola
huí de Monserrate cuando el sol,
sumiendo en el Océano sus rayos,
el velo a las tinieblas desplegó.
EL CONDE En vano te busqué por las montañas.
Mas hoy…
GUARINO Fui de mí mismo con horror
a la sagrada capital del mundo
mendigando mi pan; crucé veloz
ríos y montes, y llegando a Roma
del rebaño de Cristo ante el Pastor
postrado, de mis crímenes nefandos
hice entera y contrita confesión.
El Pontífice santo, del Eterno
en la tierra Vicario, mi dolor
y mi arrepentimiento contemplando
con estas condiciones me absolvió:
«Vuelve —me dijo— a Monserrate; pero
vuelve a morar en su áspero fragor
cual bestia, no cual hombre; dobla al suelo
tu frente como bruto; y posición
manteniendo de tal, de cuatro remos
sírvete para andar en vez de dos.
Y en penitente soledad, tu vida
pasa en el monte en tal degradación,
hasta que un tierno infante de seis meses
de ella te absuelva en nombre del Señor. «
Yo obediente al Pontífice supremo
me volví como bruto a la mansión
de Monserrate; de velludas lanas
mi macilento cuerpo se cubrió,
y destruida en mí la humana forma
cual monstruo me trajeron ante vos,
ante quien el milagro prometido
para fin de mi pena se cumplió.
Ahora, señor, pues aplaqué a los cielos,
que escarmienten en mí será razón
los hombres, y en la tierra á. su justicia
aplaque quien su ley atropelló.

Postró el penitente humilde
su venerable cabeza
hasta el suelo, en que sus plantas
el Conde ofendido asienta,
y así en silencio quedaron
uno en pie y otro por tierra;
uno al castigo ofreciéndose
y otro apreciando la oferta.
Pero al cabo el noble Conde
pesando allá en su conciencia
la justicia de su causa,
la inmensidad de la pena,
la razón de su venganza
y la prez de su nobleza,
rompió el silencio diciendo
con voz conmovida y trémula;
—Alzad, Guarín, que no es justo
que se muestre más severa
que la justicia del cielo
la justicia de la tierra.
Mi honra habéis ultrajado,
allí do con más pureza
se anidaba; con mi sangre
habéis regado las peñas
de Monserrate, mas de ambas
la mancha injuriosa y fea
lavado habéis con las lágrimas
de cristiana penitencia.
Yo os perdono como el cielo;
volveos a las desiertas
montañas,,y vida triste
pasad penitente en ellas.
Mas quiero una sola cosa
rogaros, única prueba
que exijo de vos, Guarino,
del perdón en recompensa.
Mostradme el oculto sitio
de aquellas fragosas sierras
en donde yacen los restos
que de mi María quedan.
Los que de mi extirpe nacen
su tumba tienen dispuesta
en más suntuoso lugar
que el que sus restos encierra.
—Vuestros criados, señor,
mandad que conmigo vengan,
que en el lugar en que yacen
tengo cavada una cueva
donde cual fiera he vivido
lamentando mi fiereza.
Sobre el césped que la cubre
brotó, y entre él se conserva
de los tiempos respetada,
una silvestre azucena,
símbolo de su desdicha
y pendón de su inocencia,
por los cielos levantado,
mantenido en nombre de ella.
—Yo mismo iré allí a llorarla.
—Señor, pues que pronto sea.
—Partamos al punto.
—Vamos.
Y antes que una aurora nueva
vuelva a alumbrar el oriente
saldréis con tan santa empresa.

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Autor
José Zorrilla (1817–1893) · Wikidata Q331863
Título
La azucena silvestre — 2 — Capítulo VII : El Conde y Guarino
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-la-azucena-silvestre-2-capitulo-vii-el-conde-y-g--jose-zorrilla-741d67
Cita recomendada
José Zorrilla, «La azucena silvestre — 2 — Capítulo VII : El Conde y Guarino», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-la-azucena-silvestre-2-capitulo-vii-el-conde-y-g--jose-zorrilla-741d67.html

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