Y fue por la ciudad de boca en boca
la relación cundiendo
de aquel monstruo cazado en una roca;
y así se fue extendiendo
por Cataluña entera,
relato extraño haciendo,
quitando y añadiendo
del caso cada cual a su manera.
Y de todo el condado
por ver el monstruo a la ciudad venía
el pueblo apresurado;
y el Conde permitía
que el palacio invadiera
y el monstruo contemplara
y su curiosidad satisficiera.
Llegaba, le veía,
se admiraba en silencio
el vulgo, se salía
y a su hogar se volvía
o absorto o satisfecho,
y contaba después a sus vecinos
lo que en la capital había hecho,
jurando que era el monstruo
de los más peregrinos.
El buen Conde entretanto
conservaba al tal monstruo en su aposento,
y a su tranquila condición atento,
la jaula noche y día
abierta le tenía;
pero jamás el monstruo la dejaba,
aunque claro Wifredo conocía
que cuando él de su cuarto se ausentaba
de su jaula salía
y por el cuarto en derredor andaba.
Consideraba el Conde
cada vez con más duda y extrañeza
su incógnita para él naturaleza.
Su forma casi humana,
su sobriedad extrema y mansedumbre,
la adquirida costumbre
de estar al parecer de buena gana
en su jaula metido
y acurrucado siempre y encogido;
su inteligencia rara
y la expresión de su velluda cara;
sus manos y sus pies a los del hombre
semejantes, traían confundido.
al Conde que del ser desconocido
no podía marcar raza ni nombre.
Ni caricias y halagos,
ni castigos y amagos
pudieron arrancar de su garganta
ni en su exterior marcaron
un gesto de amenaza ni un gemido.
Los criados tal vez le maltrataron,
y los perros de caza,
que alguna vez adonde estaba entraron
con ademán furioso,
a la jaula llegaron.
Él empero, ni hostil ni temeroso
Fe mostró; indiferente
sufría y silencioso
tranquila y mansamente.
Poco a poco esta calma
y extraordinaria abnegación hicieron
de Wifredo en el alma
incomprensible sensación, y al cabo
de curiosa extrañeza
pasó a ser compasión; hízola luego
costumbre la continua compañía,
y al cabo la costumbre
pasó a ser afición, luego cariño;
y vino al fin un día
en que el Conde pensé con pesadumbre
que apartarse tal vez fuerza sería
La monstruosa alimaña
por su parte también mostraba al Conde
una afición extraña.
Sumisa a sus antojos
admitía contenta sus caricias,
y a veces notó el Conde
lágrimas desprendidas de sus ojos.
Mostraba claramente su alegría
cuando el Conde hacia ella,se llegaba,
y tristeza en sus ojos se veía
si de ella se apartaba;
y cuando el Conde hablaba
como si le entendiera le atendía.
Mil veces la memoria
de la hija que perdió tan tristemente
le asaltaba la mente;
y el amoroso corazón transido
con el pesar de tan amarga historia
ponía al Conde mustio y abatido,
y lloraba a sus solas tristemente.
Contemplábale el monstruo de hito en hito,
y lloraba también, y su semblante,
mustio bañaba en expresión doliente.
Muchas veces delante
de sus nobles amigos,
de su desdicha y su dolor testigos,
recordada aquella hija malhadada,
encanto de su vida,
por él tan ciegamente idolatrada,
y a su paterno corazón perdida.
El monstruo entonces trémulo, encogido,
en medrosa postura,
y en el hueco más lóbrego escondido
de su jaula, mostraba una amargura
que natural hubiera parecido
en otro ser que comprender pudiera
del paterno dolor la causa entera.
Y en aquellos momentos,
su dolor expresando
con sones guturales,
semejaban su voz y sus lamentos
ayes de una persona que llorando
las palabras ahogando
exhalara suspiros, naturales
en quien está su angustia sofocando.
Esta rara tristeza,
que afinidad secreta y misteriosa
con la tristeza paternal tenía
entre el Conde y el monstruo, fácil cosa
de entender es, que entre ambos
vino al fin a doblar la simpatía.
Y acostumbrado el Conde
de la sumisa fiera
a la salvaje sociedad, tenía
entre los animales destinados
a su servicio o diversión el puesto
o importancia primera.
Y por temor que alguno la ofendiera,
los lebreles estaban atraillados,
los neblíes y alcones enjaulados.
Y de aquesta manera,
su casa y su condado manteniendo
en paz con sus cuidados,
iban días y meses transcurriendo.
Una mañana fresca y luminosa
del florecido Mayo,
en que el sol de su luz en cada rayo
un hilo vibra de color de rosa,
y el trecho que su luz abarca y ciñe
de este color purísimo se tiñe,
en una galería
que da al jardín de su palacio, y tiene
para él una escalera, y comunica
del Conde con el gótico aposento,
en un hondo sillón arrellenado
el buen Conde Wifredo
goza el ambiente puro y perfumado,
tranquila el alma y el semblante ledo.
Las hojas de los árboles frutales
orean susurrando los botones
do las flores tempranas
señalan el lugar en que más tarde
brotarán odoríferas manzanas,
rojas cerezas y ácidos limones.
Y al manso soplo de la errante brisa
tomando movimiento
sobre los tallos las abiertas flores,
embalsaman el aura, y el aliento
que Wifredo respira
se inunda en salutíferos olores.
Los nuevos ruiseñores,
generación de aquella primavera,
sus alas y sus picos ensayando
le regalan la vista y el oído,
tímido vuelo alzando
en derredor del nido,
y en la garganta armónica probando
el canto no aprendido.
Las leves mariposas
sus alas de colores
estremecen vagando entre las flores;
y las pardas avejas codiciosas
el néctar de sus cálices libando
vuelan en torno de ellas susurrando.
mil insectos distintos,
mil diversos reptiles,
conforme cada cual a sus instintos,
llenan auras y céspedes a miles;
y el agua que se escapa
del estanque horadado,
en transparentes hilos
y en gotas cristalinas
los pies fecunda de frondosos tilos.
Lilas blancas y rosas purpurinas
que, orlando los linderos
de los anchos senderos,
en cauces desiguales
con las fuentes vecinas
van a mezclar sus líquidos cristales.
Y a esta del mundo incógnita armonía,
y vida universal y movimiento,
el Conde, en el sillón en que yacía,
allá en su puro corazón sentía
nueva vida bullir y nuevo aliento.
Y en dulces esperanzas divertido,
del porvenir obscuro en las regiones,
tenía el pensamiento entretenido
en pos de mil quiméricas visiones;
e iba de ellas en pos tan abstraído,
que ni aun sintió a sus pajes,
que llegando uno a uno
su servicio a ofrecerle, uno tras otro
en silencio quedaron,
y a distraerle sin osar ninguno,
detrás de su sillón se colocaron.
Sus miradas tendían,
la dirección buscando,
que las miradas del señor seguían,
y en las ramas y flores se perdían,
objeto allí de admiración no hallando.
¡Ay! triste del que necio sus miradas
por un jardín en primavera extiende,
y que sea a otros ojos
de admiración objeto no comprende!
En tal instante, el Conde, rodeado
de sus callados pajes, y tendido
sobre su ancho sillón, junto a la puerta
del corredor traído,
el monstruo acurrucado
en su jaula entreabierta,
apareció por el jardín viniendo,
a su señor la joven jardinera
un ramo hermoso a su señor trayendo
de las primeras flores
que hizo dar al jardín la primavera.
En casilla apartada,
y en una punta del jardín alzada,
a aquella jardinera daba el Conde,
con su esposo, morada.
Rústico el jardinero, inteligente
cultivaba el jardín, eternamente
asido de la azada,
del hacha y de la corva podadera,
dejando a su mujer, más despejada,
de los demás negocios encargada.
Ella, pues, aunque pobre y campesina,
cuando moza soltera,
dulcificó sus rústicos modales,
y era lo cortesana
que pudo ser jamás una villana.
Agradecida a su señor, y atenta
a mantenerse de él siempre en la gracia,
su obligación tenía en mucha cuenta.
Y los primeros frutos
y las primeras flores
a su señor venían en tributos,
ya en primorosos ramos y hacecillos,
ya en pintados y frescos canastillos;
y en dulce paz y en íntima armonía
esta pareja así feliz vivía,
y a sombra del palacio
ornaba más y más enriquecía
del jardín el espacio,
donde a par de las plantas de cultivo
su rubia prole sin afán crecía
en sus dos revoltosos muchachuelos,
de su madre a la par retrato vivo.
De ellos con uno en brazo,
que apenas meses seis aun no cumplía,
la jardinera al corredor subía,
tendiendo él sus rosadas manecitas
a las flores del grueso ramillete,
y ella sonriendo
«míralas qué bonitas»
junto al rostro ponérselas diciendo.
Contemplábala el Conde complacido
llegar a él con el infante en brazos,
y el ramo de sus manos admitido
tendió los suyos al hermoso niño
con expresión de cándido cariño.
Mas el alegre infante,
sin fijar en el Conde su mirada,
tornó atento el semblante
a la fiera en su jaula acurrucada.
Dormía el monstruo al parecer, sumido
en su quietud estúpida,
y el niño le miraba distraído,
sin que de la afanosa jardinera
ni del risueño Conde a los halagos
el parvulillo su atención volviera.
A la tenacidad de esta mirada
en el monstruo clavada,
la suya al par siguiéndola tendieron
cuantos en torno había
a la fiera enjaulada
Ya el monstruo no dormía;
como si la mirada del infante
en la suya inflamara oculto fuego,
sus ojos abrió luego
y en los del niño los clavó anhelante,
permaneciendo inmobles sus pupilas
cual si ante el niño se sintiera ciego.
Entre ambos atracción tan misteriosa
llamando al punto la atención entera
del Conde y de los suyos, en silencio
aguardaban el fin a que vendría
esta atracción del niño y de la fiera.
Mas a los pocos momentos
de estar el uno sobre el otro fijo
contemplándose atentos,
cuánto, el asombro universal sería
oyendo al niño, mudo todavía,
que con sonora voz al monstruo dijo:
«Levántate, Guarino; harto te abona
»en el juicio de Dios y tu conciencia
»tu larga penitencia.
»Vuelve, pues, a tu ser; Dios te perdona»
Y el monstruo su prisión abandonando
y su salvaje estupidez perdiendo,
la antigua humana forma recobrando
se arrodilló, a los cielos extendiendo
los brazos penitentes
la omnipotencia del Señor mostrando
a la faz de las gentes;
y asombrados dejando
a cuantos hubo en la ocasión presentes
la extraña metamórfosis mirando.
Luego a los pies del Conde
postrado humildemente
—Herid, señor—decía; —
la justicia de Dios omnipotente
quiere sin duda que la culpa mía
expíe a vuestros pies; hollad mi frente.
Y el buen Conde, que apenas comprendía
lo que decir quería,
respetuosamente
la mano le tendía
diciendo: —Levantad, que en quien Dios obra
prodigio semejante,
cualquiera humillación será de sobra
de otro mortal delante.
Mas viendo que obstinado
permanecía ante sus pies de hinojos
llanto vertiendo de sus tristes ojos,
mandó que todo el mundo despejara;
y cuando todos estuvieron fuera,
diálogo en soledad, y cara a cara,
se entabló entre los dos de esta manera:
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas lo que dijo al Conde el penitente
relatará el capítulo siguiente.