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José Zorrilla · Modernismo

La azucena silvestre — 1 — Primera parte

español

Más pura que la luz de blanca luna
que en arroyuelo límpido riela;
más hermosa que el cisne en su laguna
cuando en ella se baña, nada o vuela,
y alegre más que en soledad moruna
suelta y errante y tímida gacela,
en gracias y virtud feliz crecía
la bellísima y cándida María.

Y aun no cumplidos sus catorce abriles
de noble estirpe y a reinar nacida,
ajena a devaneos mujeriles,
velada por su bien siempre servida.
flor era pronta a dar tallos gentiles
a los besos del céfiro mecida,
y a exhalar de su cáliz, aun cerrado,
delicioso perfume embalsamado.

Caía en anchas ondas de su frente
larga madeja de flotantes rizos,
y de inquieto mirar, mas inocente,
dos ojos revolvía antojadizos;
en su blanca mejilla transparente,
centros ambos a dos de sus hechizos,
marcaba su sonrisa dos hoyuelos,
luceros ambos que robó a los cielos.

Rebosa al verla en alegría intensa
su padre el buen Wifredo, y la corona
ceñirla aguarda de la tierra extensa
del condado feraz de Barcelona.
Sólo en su bien y en su fortuna piensa,
y honrada, sin rival, feliz matrona
en tiempo incierto de la edad futura
su ambición paternal se la figura.

Único amor del varonil guerrero
única prenda de su muerta esposa,
tiene Wifredo su cariño entero
puesto no más en su María hermosa;
y único amor el noble caballero
del alma de la niña candorosa,
en una el alma de los dos se encierra,
y uno para otro son todo en la tierra.

Su corona de conde, ennoblecida
con los laureles mil de mil campañas;
su ciudad populosa, defendida
por su tendido mar y sus montañas;
la mitad de los años de su vida;
la memoria y la prez de sus hazañas,
todo lo diera el caballero noble
por ver de su hija la fortuna doble,

Lumbrera del fanal de su esperanza,
riquísimo joyel de su cariño,
manantial de su interna bienandanza,
vuelve a su pecho el corazón de niño;
se le roba a la guerra y la venganza,
se le torna más puro que el armiño,
se le lava de impulsos terrenales,
se lo inunda en delicias celestiales.

Por eso da su corazón sincero
gracias humildes al Señor, y cuenta
por eso día a día el caballero,
y su esperanza en cada uno aumenta.
Y bendice al Señor, que lisonjero
a su vejez el tiempo representa,
de su edad concediéndole al otoño
tan hermoso y purísimo retoño.

Mayor felicidad en esta vida
el padre tierno concebir no sabe,
a otro mortal alguno concedida
más sagrada misión, cargo más grave;
ella es para él, del cielo bendecida,
de su dichosa eternidad la llave,
y del futuro en perspectiva bella,
todo lo aguarda de su Dios y de ella.

Mas cuán falsas ¡ay Dios! y cuán livianas
las cosas son de la mudable tierra.
¿Quién sondará las leyes soberanas
que el misterioso porvenir encierra?
Aura que arrastra en pos las hojas vanas,
la torre abate que al peñón se aferra,
y las menudas ondas de los mares
socavan las montañas seculares.

En una tarde del quemado estío,
que entolda nube negra y tenebrosa,
de su palacio en el jardín umbrío,
la niña entre los céspedes reposa.
De casto sueño dulce desvarío
la divierte la mente candorosa,
sonriendo, al gozar su fantasía,
el purísimo labio de María.

La casta mano de marfil, velada
entre su espesa y negra cabellera,
bajo la sien tranquila colocada,
y bajo seda fácil y ligera,
su modesta figura contornada,
el pie breve no más dejando fuera,
parece, sobre el césped, su figura
ejemplar de bellísima escultura.

Y ¡cuán bella y feliz es una niña
que con sus dichas infantiles sueña,
y sus caprichos, inocente, apiña,
de universo ideal soñando dueña!
Con infantiles galas se le aliña,
y en poblarle con fábulas se empeña,
y lo goza de fábulas henchido,
hijas de un corazón no corrompido.

Tal le gozaba y tan feliz se vía
de su sueño infantil con las visiones,
de su palacio, en el jardín, María,
mientras sobre ella en densos nubarrones
el nublado, apiñándose, crecía,
y amagaba, al rasgar sus pabellones,
sobre la tierra desplomar airado
todos los males de que va preñado.

Ya se sentía por su vientre obscuro
ronco el trueno rodar; ya se aspiraba
el aura ingrata del vapor impuro
que en su cargado seno fermentaba.
Y cual dragón enorme, que seguro
ala invisible en el ambiente traba,
avanzaba el nublado a paso lento,
cerrando en sombra la región del viento.

Viéndolo el buen Wifredo, iba afanoso
por el jardín buscando su hija amada;
mas de no amedrentarla cuidadoso,
moviendo en su redor planta callada.
Ya su ojo paternal en el frondoso
césped la vio durmiendo descuidada,
y ya en su labio paternal bullía
el dulcísimo nombre de María.

Cuando hondo, ronco y repentino trueno
el nublado al rasgar crujió estallante,
se alzó la niña, el corazón ajeno
de aquel peligro de que está delante;
mas al abrir los ojos fue de lleno
a herírselos relámpago brillante,
y exhalando agudísimo lamento
volvió en tierra a caer sin movimiento.

Tomóla al punto en los amantes brazos
y alzóla en ellos el varón robusto,
de pena el corazón roto en pedazos,
trémulo el cuerpo al repentino susto;
mas ni al calor de tan amigos lazos,
ni a su voz, que le turba pavor justo,
vuelve la pobre niña dolorida
señal a dar de movimiento y vida.

Por medio del horrísono aguacero
que se desgaja ya, corro exhalado
con su hija, para él peso ligero;
y con nerviosa fuerza a ella abrazado,
pasa el jardín, el pórtico, el crucero,
revuelve el caracol mal alumbrado,
y en su cámara y lecho al cabo posa
carga para él tan dulce y tan penosa.

A sus briosas voces acudieron
cuantos siervos tenía en su palacio,
cuantas damas en él su voz oyeron,
cuantos curiosos admitió su espacio;
y empíricos y sabios acudieron,
con cuyo pronto auxilio no reacio,
Wifredo logró, en lágrimas deshecho,
volver la vida a su virgíneo pecho.

—¡Ay! dijo la doncella, y exhalando,
débil suspiro perceptible apenas,
abrió sus ojos, en redor girando
miradas ¡ay! al parecer serenas.
Mas ambas manos con afán llevando
a las pupilas, de su llanto llenas,
volviólas a apartar la desdichada,
gritando con pavor:—¡No veo nada!

—¡Hija! exclamó poniéndose delante
de sus ojos Wifredo. ¡Hija del alma!
Mira, mira: ¡yo soy! Torna el semblante,
mírame aquí,…—Mas con siniestra calma
la doncella hacia él tendió anhelante
la vista, no la descarriada palma;
y al asirle, burlando su deseo,
repitió tristemente:—Nada veo.

Volvió iracundo la ensañada mano
el trémulo varón contra sí mismo,
los cabellos mesándose inhumano,
y como ser en quien sopló el abismo
espíritu infernal, matando insano
la luz de la razón y el Cristianismo,
al cielo alzó los inflamados ojos,
torpe o blasfemo murmurando enojos.

Mas pronto a su razón, más sosegado,
el mísero volvió, y al mismo cielo
tornó a elevar los ojos humillado,
ambas rodillas oprimiendo el suelo.
Breve oración al corazón cuitado
prestó resignación, si no consuelo,
y con doliente voz que al alma llega,
dijo a los que le oían:—¡Está ciega!
¡Ay, Dios! Era muy cierto:
la lumbre centellante
del fúlgido relámpago,
que al despertar la hirió,
de sus hermosos ojos
mató la luz radiante,
y un velo de tinieblas
ante ellos extendió.
Los sabios más famosos
en vano convocaron;
los siervos de Mahoma,
los hijos de la Cruz;
los sabios de Judea
al fin desesperaron
de dar a sus pupilas
la apetecida luz. Hermosa como siempre
la cándida María,
fingiéndose esperanzas
de curación feliz,
al angustiado Conde
prestárselas quería,
y le lograba sólo
hacer más infeliz. Atento y cariñoso,
con paternal anhelo
el brazo la ofrecía
y la guiaba el pie,
sirviéndola de día,
y al piadoso cielo
orando por la noche
con encendida fe —¡Qué día tan hermoso
debe hacer hoy! decía
la niña, el sol sintiendo
sobre su blanca faz;
y oyéndola Wifredo,
del párpado sentía
una abrasada lágrima
huírsele fugaz. y su silencio acaso
María comprendiendo,
las manos alargaba,
sus ojos a tocar;
—y en ellas de su padre
las lágrimas sintiendo,
decía:—Y ¿por qué lloras?
y echábase a llorar.
Erraban a las veces
en dulce compañía
por una y otra senda
de su feraz jardín,y el amoroso padre
coronas la tejía
de frescas siemprevivas
y pálido jazmín.
Gozaba sus aromas
la niña, e inocente,
cediendo a los impulsos
de instinto femenil,
ornaba con las flores
su candorosa frente,
mostrándose con ellas
más linda y más gentil,
Y en las tranquilas noches
del abrasado estío,
a otro viajero acaso
volvían a escuchar,
ya bajo el verde toldo
del emparrado umbrío,
ya sobre el alto muro
que lame inquieto el mar.
¡Oh, cuán sencillos tiempos!
¡Cuán grata es su memoria!
¡Cuán dulce y cuán sabroso
oír en nuestra edad
las mágicas leyendas
de su olvidada historia,
sus crónicas sacando
de añeja obscuridad!
Edad por dos pasiones
regida y dominada,
guiada por dos astros,
la gloria y el amor.
La España por aquélla,
de moros rescatada;
por éste la hermosura,
corona del valor.
La edad de los prodigios,
la edad de las hazañas,
sin duda fue; nosotros,
de corazón sin fe,
sus crónicas leemos
llamándolas patrañas,
y en ella es donde el dedo
del Criador se ve.
Entonces juntamente
sin crimen invocaba
su Dios y sus pasiones
el rudo corazón,
y el cielo justo, a oírle
tal vez no se negaba
porque mezclara rudo
la fe con la pasión.
Entonces era el justo
columna de justicia;
valiente y obstinado,
más franco el criminal;
y ajeno aún en su crimen
de hipócrita malicia
obraba malamente,
mas confesaba el mal.
Entonces se creía;
la religión severa,
objeto del sarcasmo
jamás al necio fue,
ni la mentida ciencia
se la atrevió altanera,
de sus razones santas
a demandar por qué.
Pastor el sacerdote,
de su rebaño en vela,
guiaba o instruía
la ciega multitud,
y aquélla le escuchaba,
siguiendo sin cautela
la senda señalada
por senda de virtud.
Porque de Dios la recta
virtud apetecida,
no está en el raciocinio,
que está en el corazón;
y el que en el suyo guarda
su fe bien defendida,
le sobran los sentidos,
le sobra la razón.
Por eso, en la alta noche,
cuando en silencio y calma
del buen Wifredo todo
yacía en derredor,
enviaba al firmamento
las cuitas de su alma,
en oración humilde,
con sincero fervor.
Y oraba por su hija,
mientras cercana ella,
en cámara vecina,
oraba al par por él,
y entrambas las plegarias,
del noble y la doncella,
subían a las plantas
del Santo de Israel.
Como al pie del altar, del vaso de oro
de perfume oriental se exhala y sube
pura, ligera y transparente nube,
que embalsama la regia catedral,
así a los cielos la oración del justo
sobre sus alas místicas se eleva,
y el soplo de los ángeles la lleva
de Dios hasta el regazo paternal.

Y la divina Madre del Dios hombre,
al acoger benigna la plegaria
de la inocente virgen Solitaria,
que invocaba su amparo en la aflicción,
al ángel vaporoso de los sueños
la enviaba, y en sus alas vaporosas
bello tropel de imágenes dichosas
descendía a su casto corazón.

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Autor
José Zorrilla (1817–1893) · Wikidata Q331863
Título
La azucena silvestre — 1 — Primera parte
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
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Identificador
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Cita recomendada
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