¡Ay, triste del viajero que pierde su camino
por el espeso bosque donde extraviado fue!
¡Ay, triste del que el cielo de su feliz destino
con negros nubarrones encapotarse ve!
¡Ay, triste del que siente que airado torbellino
la lámpara lo apaga de su dudosa fe!
Y ¡ay, triste del que sufre, cual sufre Juan Guarino,
tribulaciones tales de la montaña al pie!
El día, entretanto, pasando declina,
cercano al dudoso crepúsculo ya;
con rayos postreros el sol ilumina
la faz de Guarino, que inmóvil está.
Cualquiera que de lejos le mirara
tan inmoble yacer sobre el peñón,
por efigie sin vida le tomara,
por sueño vano o ideal visión.
Él sus ojos sombrío, errantes,
fijos tiene en ocaso, sin ver
los destellos del sol fulgurantes,
que se va el horizonte a sorber.
Y la pena de su alma
embrutece su razón,
y en siniestra y fría calma
paraliza el corazón.
Cual suele, tras sombrío
espeso nubarrón,
brotar en el estío
mefítico vapor,
que deja nuestro espíritu
sin fuerza ni vigor;
cual pesadilla odiosa
que en sueños nos acosa,
girando en fatigosa
perpetua confusión,
sin que podamos, débiles,
calmar su agitación,
Tal su ánimo, al peso
de crimen secreto,
prensado y sujeto
con miedo se ve,
y a impulso de asombro
que infúndele pánico,
el soplo satánico
ni espera ni creo.
Y solo y sombrío,
inmóvil, callado,
al borde sentado
del peñón está,
la sima profunda
mirando indeciso,
por sino preciso
teniéndola ya.
Y en tanto que siente
pesada la vida,
y al ánima olvida
y al cielo quizá,
Sepultando
su áurea lumbre,
tras la cumbre
el sol va,
sus postreros
resplandores
tembladores
dando ya.
Sobre el cárdeno
horizonte
a que el monte
pone fin,
se despide
de la tierra
que ha en la sierra
su confín.
Y se mira
la ancha hoguera,
de su esfera
vacilar,
más radiantes
y más bellos
sus destellos
al finar.
Y sus rayos
por las crestas
de las cuestas
al tender,
del prado hacen
por la alfombra
su ancha sombra
negrecer.
Rojas nubes
le coronan,
que amontonan
en redor
los vapores
que pasando
va creando
su calor.
Y sus pliegues,
más espesos
y más gruesos
cada vez,
entoldando
en masa densa
van su inmensa
brillantez.
Poco a poco
su cerrado
y agrupado
nubarrón,
en su centro
da al sol paro
un obscuro
pabellón.
Poco a poco
descolora
y devora
su arrebol,
y así el día
roba al orbe
cuando sorbe
todo el sol.
Queda envuelto
de este punto
todo junto
en luz igual,
y en el cárdeno
horizonte
sobre el monte
cardinal.
Jirón roto,
desgarrado
del cerrado
pabellón,
queda suelta
nube roja
que acongoja
al corazón.
Banda torva,
que tendida
por la corva
loma hendida
de las peñas,
va rasando
por las breñas,
de la cumbre,
y apagando
las centellas
de la lumbre
que da el sol.
Lienzo rojo
que demuestra
de alto enojo
la siniestra
señal santa;
y en pos suya
se adelanta,
y en pos suya
se levanta;
con él viene,
con él gira,
cuando nace,
cuando expira;
con él hace
su camino
matutino
o vespertino,
de él perpetuo
girasol.
Nube hermosa
que se inclina,
la colina
a transponer,
circundando
su camino
purpurino
rosicler.
Nube errante
pasajera,
vagarosa,
do contempla
Juan Guarino
el destino
que le espera;
que expirante,
congojosa
e indecisa,
a su labio
la sonrisa
postrimera
le arrancó;
y el agravio
a su Dios hecho,
en el fondo de su pecho
con su luz iluminó.
Luz postrera
de esperanza,
que ir ligera
Juan alcanza
desde el monte,
su alma ajena
no de pena,
mas de fe.
De la cresta,
de la roca
más enhiesta
puesto al pie,
contemplando
cuál con blando
movimiento
surca el viento,
se lo ve;
mientras rota,
informe, vaga,
su derrota
va acortando
pie tras pie.
Palidece,
se enrarece,
se consume,
desparece…
Ya se sume,
ya se fue.
Y noche
sombría
tras día
fugaz,
aleja
su alma
de calma
y solaz.
Y feas,
y varias,
contrarias
ideas
están
su mente
quemando,
doblando
su afán.
Y el cielo,
y el suelo,
velando
se va;
la noche
se cierra;
la tierra,
pavura
de obscura
le da.
Y en tanto
que acude
al llanto
quizá,
cuanto
existe,
niebla
triste
puebla
ya.
Las sombras
más densas
y extensas,
doquier,
sus velos
despliegan,
y ciegan
el ver.
Y la tierra
toda inunda
la profunda
lobreguez,
montes, valles
y collados
sepultados
a su vez.
Espesas nubes
que apiña el viento
al firmamento
robando van
su luna pálida;
las luces bellas
de sus estrellas
muertas están.
Y en vez de los ojos
sirviendo el oído
ya sólo es el ruido
quien guía los pies,
al alma infundiendo
sus vagos rumores
extraños temores
de mundo que no es.
y se oye por las peñas
sonar en las montañas
de fieras y alimañas
los pasos o la voz,
mostrando en sus sonidos
sus cóncavos gruñidos,
sus ásperos graznidos,
ya agudos y ya graves,
las fieras y las aves
su natural feroz.
Y a cada tenue lamento,
a cada salvaje son
de ave o fiera, de agua o viento,
se estremece el corazón.
¿Y quién podrá en tal momento
dar del desierto razón?
¿Quién puede los pasos seguir de Guarino
por medio tan denso nocturno vapor?
¡Quizá entre las peñas perdido el camino
sepulcro escondido le dió su fragor!
Porque, ¿quién los senos abrir del destino
podrá, ni del crimen medir el horror?
¡Lenta, amarga, terrible es la agonía
que su remordimiento al hombre da!
Quizá a Guarino, al despuntar el día,
sentado en el peñón le encontrará
de sí mismo espantado todavía,
muerto al impulso del dolor quizá.
La noche entretanto se pasa. Sumido
monte, llano, río, desierto y ciudad
en lóbrega noche, doquiera dormido
cobijan al mundo el silencio y la paz.
Ni de hombre ni de fiera, gemido ni lamento
resuena por los senos de las montañas ya.
Y sólo tal vez se oye el susurrar del viento
o el ruido del arroyo que murmurando va.
Rayó el siguiente día,
y la rosada lumbre de la aurora
tornó a ahuyentar la umbría
nocturna obscuridad; encantadora
con nueva juventud, con nueva vida,
tornó naturaleza
a mostrarse de nuevo enriquecida
con doblada belleza.
Y el día entraba apenas, cuando a lento
cansado caminar, por la aspereza
subía la montaña
Wifredo, y de María a la cabaña
llamó, llegado con pausado acento.
Mas nadie dentro respondió; María
ausente estaba de ella.
Llamó a la de Guarino,
mas ¡ay! estaba sola como aquélla.
Siguió el Conde a la altura
subiendo. Desde allí se descubría
gran trecho de montaña y de llanura,
mas no alcanzó a Guarino ni a María.
A voces los llamó, mas a sus voces
respondieron no más ecos lejanos,
cuyos sones livianos
se llevaron las ráfagas veloces.
A su gente llamó desesperado;
corrió el pueblo exhalado;
sus siervos, sus vasallos, sus amigos
por doquiera los montes recorrieron;
en lo espeso del monte se metieron,
pero en vano en los montes se cansaron:
¡ay! con el rastro de ninguno dieron.
Presa el Conde de amargo sentimiento
y de fiebre ardorosa,
cercano de su muerte vio el momento,
y a manos de su horrenda desventura
lleváronle a su corte populosa
su enfermedad rayando en la locura.
Y el vulgo maldiciente
se perdió de una en otra conjetura
haciendo cada uno más obscura
la historia y la razón de este accidente,
y cada uno a su antojo
a Dios o a Satanás atribuyendo
la oculta causa del suceso horrendo.