- I -
En tanto, allá en las alturas
de las peñas solitarias,
el ermitaño y María
al cielo en unión alaban.
Y la doncella, de hinojos
ante la imagen sagrada
de la Madre del Dios niño,
las horas orando pasa;
y el eremita, en su choza,
con toda la fe de su alma
dando por tales favores
a Dios acciones de gracias.
Era del día siguiente
la hora apenas del alba,
cuando el penitente austero
salía de su cabaña.
Ya en el césped de la roca
de hinojos María estaba,
bendiciendo al Dios que alumbra
la luz que el Oriente baña.
Y suelto el cabello rizo
por la mal cubierta espalda,
cuyas hebras de azabache
mece revoltosa el aura,
al cielo alzados los ojos,
ambas las manos cruzadas
sobre el pecho, y el semblante
alumbrado por la blanca
luz de una aurora de Junio
que entre nubes de oro radia,
parecía la doncella
imagen leve y fantástica
que crea el sueño de un niño
sin comprenderla ni amarla.
Los ojos de Juan Guarino
la vieron, y contemplándola
quedaron por un instante
con indecisas miradas.
Pidióle al verle la niña
su bendición, y él, al dársela,
sobre la hermosa cabeza
tendió las enjutas palmas.
—Orad, la dijo, y velad,
porque muy rudas batallas
que sostengáis será fuerza
contra Satán… —Y, apenada,
repuso ella: —Padre mío,
Dios por vuestros labios habla
sin duda, y en vuestro pecho
su fuerza depositada
tiene; guiadme, instruidme,
y si batallas me aguardan,
enseñadme a resistirlas,
acostumbradme a afrontarlas.
—Sí haré, mi deber es éste;
y si en mí el Señor derrama
su luz y su omnipotencia,
su fe en mi pecho no apaga,
sobre el ángel de tinieblas
ha de apoyarse tu planta.
Y así diciendo Guarino,
de la doncella se aparta,
perdiéndose de las peñas
entre las hondas quebradas.
De mil varios pensamientos,
de mil sensaciones varias
su espíritu atormentado,
por el monte caminaba.
Y apoyándose de un pino
en una nudosa rama,
por el desierto callado
el buen penitente avanza.
Penoso es, duro, terrible,
el viaje que hacer nos manda
la justicia del Señor
cuando a la tierra nos lanza.
Terribles son en el mundo
las tentaciones mundanas,
y allí en contra de los hombres
mucho Satanás trabaja.
Pero ¡con cuánta más furia
su infernal poder desata
contra el alma que del mundo
en el desierto se guarda!
Todo le desencadena,
toda su astucia nefanda
contra la virtud del justo
empeña por derrocarla.
Traidores lazos le tiende,
viles amaños le fragua,
de varias formas se viste,
de varios modos le asalta.
Dios lo dejó gran poder
e infinita perspicacia,
y el espíritu satánico
aborrece nuestra raza.
¡Ay de aquel cuyos sentidos
tan alerta no se hallan,
que con alguna quimera
el espíritu le engaña!
Tiéndale el Señor su mano,
porque si el Señor le falta,
será su virtud despojo
de la diabólica audacia.
La punta de alto peñón
el eremita doblaba,
que de un abismo a la boca
sobresalía inclinada,
cuando al apoyar el pie
sobre la vereda escasa,
faltóle un punto la tierra.
Las manos extendió rápidas,
mas, lejos de todo apoyo,
ya el cuerpo se despeñaba,
cuando sintió que le asía,
con ayuda inesperada,
una mano vigorosa
que a la muerte lo robaba.
Fijó los pies en seguro,
y volviendo la faz pálida,
vio a otro severo ermitaño
que a tenerse le ayudaba.
Hízosele a Juan Guarino
allí su presencia extraña,
mas dióle sinceramente,
después de a los cielos, gracias.
Y entendiendo la extrañeza
que Juan Guarino mostraba,
entabló de esta manera
el otro ermitaño plática:
—Veo que mi presencia en estos sitios
os extraña, ¡oh Guarino!
GUARINO Sí, en verdad;
diez años ha que los habito, y sólo
en elles siempre me creí.
ERMITAÑO Ya va
más de un invierno que sus rudas peñas
a mí también habitación me dan.
GUARINO Nunca os he visto, ni noticia tuve,
santo eremita, de fortuna tal.
ERMITAÑO Algo lejos de aquí me hice una choza,
y de ella salgo rara vez.
GUARINO ¿Quizá
sitio buscáis mejor?
ERMITAÑO No; vengo a veros,
que la fama hasta allí me fue a llevar
la nueva del prodigio que habéis hecho,
y venero tan grande santidad.
GUARINO Dios fue servido a mis mortales manos
por un momento su poder prestar.
ERMITAÑO Y yo vengo a adorarle en sus prodigios;
la feliz criatura, ¿dónde está?
GUARINO En esas rocas su morada ha puesto,
do quiere un monasterio edificar.
ERMITAÑO Y ¿así la abandonáis?
GUARINO Dios es muy grande,
mas débil es mi corazón mortal;
me alejo del peligro,
ERMITAÑO Juan Guarino,
injuria a Dios tan ruin debilidad.
Quien muestra en vos su grande omnipocia
¿su auxilio en el combate os negará?
Por vos estos desiertos, lo preveo,
de austeros monjes a poblarse van;
flores fragantes que del mundo impuro
van el árido campo a embalsamar.
Por vos Guarino, sus ejemplos santos
muchas almas al cielo volverán;
muchos impíos sus contritos ojos
al pïadoso cielo han de elevar.
Y por no arrostrar vos peligro escaso,
de que os guarda vuestra alta santidad,
¿vais a dejar que la mujer voluble
ceda inexperta al tentador Satán?
Si él la recuerda la mundana pompa,
todo el terreno bien que deja allá,
acaso, sus designios olvidando,
a ese mundo otra vez quiera tornar.
Y entonces, ¡ay! en vez de monasterios,
en vez de monjes que a morar vendrán
sus claustros y estas rocas, en su seno
lloraremos nosotros nada más,
estériles palmeras infecundas
que ni sombra ni flor podremos dar.
Así hablaba el anciano, y sus palabras
con respeto y dolor oía Juan,
y le daba en el fondo de su pecho
la razón, imposible de negar.
Batallaba la suya acongojada,
suspensa entre el peligro y la verdad,
sin acertar a sacudir su espíritu
el peso enorme de tan hondo afán.
—Volved a vuestra gruta, le decía
el venerable viejo; id, Y soplad
el fuego santo que la enciende el alma,
y a su alma débil fortaleza a dar.
¿Qué puede la hermosura, ¡oh Juan Guarino!
atractivos tener a ojos que están
a contemplar de Dios acostumbrados
la hermosura y la lumbre celestial?
Id y venceos; conquistad del todo
para el cielo de Dios su alma inmortal,
y si a la vuestra Satanás se acerca,
como quien sois, con su poder lidiad.
Ese es vuestro deber.
GUARINO Yo lo conozco,
santo ermitaño, y mi deber real
veo que Dios para intimarme os manda,
y obedezco su voz.
ERMITAÑO Aun haré más:
pondré bajo esta peña mi cabaña;
a mi choza venid en vuestro afán,
y de la loca tentación el peso
dividiremos ambos por mitad.
Postróse ante sus plantas Juan Guarino,
y sintiendo sus fuerzas aumentar
a la voz del anciano venerable,
cedió humilde a su justa voluntad.
Quedó el viejo en el borde de la sima
viéndole hacia su gruta caminar,
su figura elevándose sombría
encima del peñasco colosal.
Es un anciano cuya blanca barba,
cuyo cuerpo encorvado por la edad,
a reverencia mueve más que a miedo,
ministro acaso del divino altar.
Báculo tosco a caminar le ayuda,
ciñe sus miembros áspero sayal,
y al valle vueltos los sombríos ojos,
muestra severa y penitente faz.
Pero la negra sombra que proyecta
sobre la roca cuando el sol le da,
mancha siniestra en el peñón dibuja
de contornos horrendos de mirar.
Sombra que vida en su interior parece
tener…; ilusión óptica quizás.
Al fin, tras el peñón despareciendo,
volvió todo al silencio y soledad.
- II -
A más de la mitad de su carrera
ya en el cóncavo azul llegaba el sol,
cuando a los pies del venerable anciano
.prosternado con honda confusión,
escuchaba Guarino, él conminándole
de esta manera con airada voz:
—¡Miserable de ti! Tu infando crimen,
del mundo nos va a hacer la execración,
siendo por ti el escándalo del mundo
y objetos de la cólera de Dios.
Esa mujer, al acusarte, entera
traerá la raza humana en derredor
a maldecir la hipócrita malicia
que encerraba tu torpe corazón.
El prodigio real que por tus manos
piadoso Dios y omnipotente obró,
a diabólica magia atribuido
será sin duda, sí. Mira el baldón
con que cubres ¡infame! estos desiertos,
santuarios otro tiempo del Señor.
—¡Ay, ay de mí! exclamaba Juan Guarino
con eco del más íntimo dolor.
Todo el infierno a castigarme es poco,
a lavarme de crimen tan atroz.
—Pues piensa, le decía el otro anciano,
piensa en el modo que podrá mejor
ocultar a los ojos de la tierra
ejemplo de tan vil profanación;
al menos porque en todos no recaiga
la pena que uno solo mereció.
—Y ¿eso me aconsejáis? Y ¿es este el modo
de ayudarme a arrostrar la tentación?
—Y ¿qué puede tenerte, miserable,
en la senda del mal y del error?
Cubre al menos tu crimen en la sombra
del misterio, y al menos desde hoy
evita de tu crimen el escándalo,
pecado que maldice el Salvador.
Tal vez el vulgo crédulo, engañado
por tu virtud hipócrita anterior,
en un milagro más creyendo estúpido,
te tribute mayor veneración.
Borra astuto su rastro de la tierra,
engaña al universo por ta honor,
y piensa bien que volverá su gente
mañana, y urge que lo enmiendes hoy.
Y así diciendo el eremita anciano,
de hinojos en las peñas se postró,
abismado dejando a Juan Guarino
en horrenda y febril meditación.
Veíase que dentro de su pecho
empeñada traían con furor
espantosa batalla sus pasiones,
desgarrando su triste corazón.
Y en el borde sentado del peñasco,
fijo, inmoble, en silencio… daba horror
contemplar su semblante contraído,
de sus hondos tormentos expresión.
Así Guarino batallando a solas,
dos largas horas de pesar pasó,
y dos horas el monje venerable
sin entibiar un punto su oración.
Al fin Guarino, cual preñada nube
que arrebata en sus alas el turbión,
con raudo paso y con temblor convulso
del anciano en silencio se apartó.
Dejó aquél su postura penitente,
sus miradas de Juan tendiendo en pos,
vaga sonrisa contrayendo el labio,
sus ojos infernal satisfacción.
Ya a Guarino, perdido entre las peñas,
no se alcanzaba a ver, mas él siguió,
cual si a través del monte le alcanzara,
mirándole con íntima atención.
En ella unos minutos pasó el monje;
de ellos al cabo, a parecer volvió
Guarino, descompuesto y alterado,
diciendo al monje con horrenda voz:
—Viejo, todo está hecho; no habrá escándalo.
¡Maldito el día que nacer me vio!
Ronca, histérica, horrible, soltó entonces
el monje repentina carcajada,
que de Juan en el ánima espantada
como afilado acero penetró.
Volvió la vista atónita hacia el sitio
do vio al volver al eremita santo,.
y su vista y su sangre heló de espanto
lo que a su lado en su lugar halló.
Gigantesca, satánica figura,
de inmensas alas que ante el sol tendía
y el resplandor del sol obscurecía,
sus fieros ojos en su faz clavó.
Sobre el monstruoso labio le mostraba
sonrisa de desprecio triunfadora,
y con solemne voz aterradora
en sarcástico tono así le habló:
—¿Quién trajo esa mujer a este desierto?
¿Quién de sus ojos apagó la lumbre?
¿Quién a par con la inmensa muchedumbre
el milagro de Dios reconoció?
¿Quién encendió un volcán en tus entrañas
de furiosa y carnal concupiscencia?
¿Quién diez años de llanto y penitencia
inutiliza en un instante? Yo.
Dijo Satán; y las enormes alas
en la nublada atmósfera tendiendo,
por el espacio se perdió, diciendo:
—¡Maldito el día que nacer te vio!—
Y los cóncavos ecos de las peñas,
al bronco son de su garganta heridos,
repitieron su voz estremecidos,
y estremecido el monte, vaciló.
Quedóse el penitente
al borde de la roca
sentado, sin aliento,
sin voz ni voluntad,
sumido en la amargura;
y por su mente loca
rodaban las ideas
en ronca tempestad.
Confuso torbellino
de espíritus impuros
escucha imperceptibles
zumbar en torno de él;
sus labios se resisten
a preces y conjuros,
y el aire que respira
le amarga como hiel.
«¡Diez años de virtudes,
de austera penitencia;
diez años de esperanzas,
de lágrimas y afán,
perdidos en un punto!
¡Cedió mi resistencia
á la tenaz astucia
del tentador Satán!
»¡He cometido un crimen
horrendo, abominable;
un crimen que no tiene
disculpa ni perdón!…
¡Soy presa del infierno!»,
decía el miserable
mirando hacia el abismo
con bárbara intención.
«Dios es muy compasivo»,
decía su conciencia.
«Mi culpa es infinita»,
decía su razón;
y entre la muerte fácil
que tiene en su presencia,
y el arrepentimiento,
vacila el corazón.