- I -
Y yendo días, y viniendo días,
tras dos años de angustias y de afán
y de buscar inútiles remedios,
que no pudieron remediar su mal,
en una noche del templado Mayo,
por la ribera del tranquilo mar,
a la pálida luz de la alta luna
el Conde y su hija silenciosos van.
Las ondas transparentes, murmurando
se vienen a sus plantas a estrellar,
rodando lentamente unas sobre otras
con eterna y monótona igualdad.
A lo lejos tal vez se divisaba
la blanca lona del bajel pasar,
y la canción del pescador se oía,
llevada por la brisa desigual.
A veces se elevaba en la llanura
el ronco y melancólico graznar
de las marinas aves, que en la playa
buscan mansión, sustento y libertad.
¡Noche serena, deleitosa noche
a quien la puede sin dolor gozar;
melancólica noche para el triste
en cuyo pecho la aflicción está!
Tristes ideas en su mente excita
su nocturno silencio y soledad,
y aun el consuelo que le inspira, junto
con la hiel del recuerdo se lo da.
Y así una noche del templado Mayo,
por la ribera del tranquilo mar,
a la pálida luz de la alta luna
Wifredo y su hija silenciosos van.
Y acaso desde lejos percibiendo
la forma de la virgen blanquear,
y las armas lucir del caballero
que la presta su apoyo paternal,
creyeran que el espíritu doliente
de náufrago infeliz que expele el mar,
en los brazos del ángel de las aguas
encontraba el amparo celestial.
Y acaso al ver en la nocturna niebla,
rodeando la lóbrega ciudad,
creyeran que velándola vagaba
el espíritu de ella tutelar.
Y así sumidos en memorias tristes
la hermosa ciega y el varón feudal,
iban vagando con pisada ' incierta
por la ribera del tendido mar,
cuando a la tibia luz creyó el guerrero
negra figura distinguir quizá,
que a lento paso hacia los dos viniéndose,
con cada paso se aclaraba más.
Rápido impulso de temor muy vago
sintió en su pecho varonil brotar,
e incomprensible repugnancia interna
al ser que llega junto de ellos ya.
Era un anciano, cuya blanca barba,
cuyo cuerpo inclinado por la edad,
movía a reverencia más que a miedo,
ministro acaso del divino altar.
Báculo tosco a caminar la ayuda,
ciño sus miembros áspero sayal,
y al suelo vueltos los humildes ojos,
muestra severa y penitente faz.
—Padre, ¿quién llega? preguntó María
sintiendo de aquel ser la vecindad,
cual si pavor le diera el que llegaba
no más que por instinto natural.
—Es un anciano, contestó Wifredo.
—No sé por qué, desconocido afán
al sentirle probé, padre. —
—Hija mía,
cálmate y calla, porque ante él estás.
—Dios vele sobre ti, noble Wifredo,
dijo llegando, con humilde voz
el viejo anacoreta.
—Él os ampare,
el Conde cortésmente replicó.
Y trabando de aquí plática entrambos,
siguieron luego ya su vez los dos,
y de este modo con sonrisa dulce
el anciano extranjero la empezó:
¿Cómo tan tarde en tan desierto sitio?
WIFREDO El aura por gozar de la estación.
EL ANCIANO El aura de la mar es insalubre
para su mal.
WIFREDO Sabéisle?
EL ANCIANO Y ¿cómo no?
La fama de esa inmensa desventura,
la España entera recorrió veloz.
WIFREDO ¡Ay de mí, y cuán en balde! En toda ella,
remedio nadie a mi pesar halló.
EL ANCIANO Las hierbas de la tierra y sus virtudes,
secas, Wifredo, e impotentes son
cuando en el mismo mal, compadecido,
su dedo paternal no pone Dios.
WIFREDO Noches y días con fervor lo ruego.
EL ANCIANO Busca quien goce su feliz favor.
WIFREDO Vos, anciano, tal vez…
EL ANCIANO Tente, insensato;
para tanto intentar, ¿qué puedo yo,
pecador miserable? Hay en la tierra
otros más justos, que lo harán mejor.
WIFREDO ¡Ah! ¡Por Dios, explicaos!
EL ANCIANO Los peñascos
de Monserrate, en su áspero fragor,
la luz esconden que sus rayos toma
en las pupilas del potente Dios.
WIFREDO ¿En Monserrate?
EL ANCIANO Sí; Dios manifiesta
el poder de una santa intercesión
con divinos portentos cada día.
Lleva, pues, a la hija de tu amor,
si la quieres sanar, a Monserrate;
y en la grieta más honda de un peñón
que en las nubes esconde su alta cresta,
el justo habita, y con el justo Dios.
Y así diciendo, el misterioso anciano
sus pasos adelante enderezó,
de la esperanza el bálsamo vertiendo
de María en el limpio corazón.
—¿Dó vais? dijo atajándole Wifredo;
en mi palacio reposad, señor,
y admitid a lo menos hospedaje
por esta noche.
—Es lejos donde voy;
las horas de la noche son muy breves,
y todas me hacen falta, replicó,
siguiendo su camino, el extranjero.
Todavía insistiendo el buen varón,
—Mis gentes, mis caballos, todo es vuestro,
le dijo; y el anciano, en ronca voz,
—Basta, repuso; límites no tiene,
Wifredo, para mí la creación;
y la raza del hombre toda entera,
no podrá nunca lo que puedo yo.—
Y así diciendo, como arista leve
que arrebata del suelo el aquilón,
una sonora ráfaga pasando,
al monje entre sus ondas arrastró.
Tembló María al percibir su rastro,
arrodillóse atónito el varón,
y de ir a Monserrate voto hicieron,
a vista del prodigio, ambos a dos.
Cual marinero errante, que perdido
su soberbio bajel contra las olas,
lucha a los restos del bajel asido,
cercana viendo la ribera ya;
cual golondrina errante, que los mares
cruza extraviada, y la cansada pluma
agita, conociendo los lugares
donde anidar acostumbrada está;
Cual cierva que en la fuerza del estío
sedienta vaga por el bosque espeso,
y el agua oyendo del cercano río,
hacia él se lanza cuando el agua ve,
así impaciente la infeliz María,
en alas del deseo y la esperanza,
llegar a Monserrate apetecía
con inspirada y religiosa fe.
Wifredo, al par, con la esperanza misma,
el sol de la partida apresuraba,
y con la misma fe ver esperaba
la omnipotencia santa del Señor.
Inmensa suma de regalos y oro
y comitiva inmensa provenía,
y un santuario fundar se proponía
y hacer del penitente un fundador.
«En medio de las peñas solitarias,
monasterio suntuoso se levante,
memoria eterna que el prodigio cante,
señal eterna del favor de Dios.
Bajo sus anchas bóvedas, eternos
himnos de gracias al Señor resuenen,
y sus campanas el desierto atruenen,
el alma al cielo remontando en pos.»
Así exclamaba el piadoso Conde,
de su fe en el fervor,
con tamaños intentos emprendiendo
su peregrinación.
Del fresco Mayo en la postrer mañana
al despuntar el sol,
con su hija y comitiva numerosa
de la ciudad salió.
Por plazas y por calles se agolpaba
su inmensa población,
todos rogando por la hermosa niña
a la piedad de Dios.
Y así de Monserrate enderezaron
al áspero fragor,
y en la distancia del camino largo
la comitiva santa se sumió.
Aun se alcanzaba de las altas torres,
como leve vapor,
el polvo espeso que sus pies alzaban;
pero también al fin se disipó.
A Monserrate van. Pero ¿quién sabe
lo que les guarda en su honda soledad
el que posee del corazón la llave,
el que puede medir la eternidad?
Sí; Dios es Dios, y Dios tan sólo puede
romper el velo a la futura edad;
sólo a sus ojos el destino cede:
Dios es la luz, la fuerza y la verdad.
- II -
Entre los rudos peñascos
que por la extensión desierta
de Monserrate, en las nubes
esconden sus altas crestas;
entre los cóncavos huecos
de sus obscuras cavernas,
guarida oculta y salvaje
de reptiles y de fieras;
en medio de aquellos valles,
do en lagos el sol fermenta
los vapores que son nubes,
empezando en leve niebla;
allí donde humanas voces
a los ecos no despiertan,
ni el humo de los hogares
en espirales se eleva,
de un gigantesco peñasco
en la socavada grieta,
pasa sus días un hombre
en áspera penitencia.
Rústico sayo le viste,
e insípidas le alimentan,
agua de un arroyo manso,
raíces de cruda hierba;
y a su escondida morada
diez años ha que no llegan
más que las águilas que hacen
su nido en aquellas peñas.
Una de techo le sirve,
y audaz la naturaleza,
por un capricho inclinándola,
la colocó de manera,
que el corazón más valiente
temblara entrar bajo de ella,
por miedo de que al hundirse,
su sepultura no fuera.
Tosca cabaña de troncos,
espinos y ramas secas,
construyó allí el eremita,
por su morada eligiéndola,
y allí los días y noches
en soledad y abstinencia
pasando, el cielo conquista
y en paz a la muerte espera.
Y ni el alma de aquel justo
rumor mundano atormenta
con sus pasiones mezquinas
de vanidad y de tierra,
ni su alma, en sus devociones
sumida, jamás recuerda
los humanos devaneos
ni las delicias terrenas.
Es todo cuanto sus ojos
en torno sayo contemplan,
a Dios solamente mira,
a Dios nada más encuentra.
Las florecillas silvestres
que escasas tal vez vegetan;
los arbustillos que exhalan
campesino olor; la tierra
que da al gusano guarida
y sustento a aves y a fieras;
los mil vistosos insectos
que por la atmósfera vuelan,
al sol tendiendo sus alas,
que sus rayos transparentan,
todo, todo de su Dios
el poder le manifiesta,
y él le conoce y le adora
en sus obras más pequeñas.
Así pasa Juan Guarino
su virtuosa existencia,
siendo del cielo delicia
y haciendo al infierno guerra.
Y aunque en el uno fiado,
tal vez al otro desprecia,
Satán, que es muy poderoso,
fieros combates le apresta.
Y aunque con astucia inútil
de continuo le guerrea,
y con oración y lágrimas
Juan de continuo le ahuyenta,
es mucho lo que la irrita
su virtud y penitencia,
para que Satán el campo
de la tentación le ceda.
Ángel que bebió algún día
del manantial de la ciencia
con que el Hacedor Supremo
cuanto es y será penetra,
del corazón de los hombres
conoce bien la flaqueza,
y por su entrada más débil
sus tiros sagaz asesta.
Contrario irreconciliable
del Dios cuya omnipotencia,
conoce, hollado y vencido
por su poderosa diestra,
ya que contra el mismo Dios
volverse otra vez no pueda,
en buscar imperfecciones
sobre sus obras se empeña.
Y de sus manos, el hombre,
siendo la obra más perfecta,
de su despecho a la saña
es la obra mas expuesta.
Y, «mío es el mundo», exclama,
viendo la locura ciega
con que al pecado los hombres
desbocados se despeñan.
Mas cuando en medio su turba
un justo a encontrar acierta,
por derribar a aquel justo
olvida su raza entera
Y, ¡ay si a impulso de su astucia
o de su malicia inmensa,
logra engañarle o vencerle,
que, tras la culpa primera,
tal vez le arrastra al abismo,
y a Dios insulta y blasfema!
Y así, de aquellos peñascos
entro las cóncavas grietas,
entro consuelos y lágrimas
que Dios y Satán le aprestan,
pasa el justo Juan Guarino
su virtuosa existencia,
siendo del cielo delicia
y haciendo al infierno guerra.
De las agudas montañas
tras de las enhiestas lomas,
una alborada de Junio
rayaba apenas la aurora.
Ya el sol a través brillaba
de nubes de azul y rosa
con que al salir, los espacios
del horizonte se alfombra;
y los purpúreos destellos
de su lumbre creadora
reflejaban del rocío
en las cristalinas gotas
y en las aguas del arroyo
y en las relucientes rocas
cuya superficie pulen
los vientos que las azotan,
y a su influencia se vían
de las quebradas recónditas
elevarse transparentes
nieblecillas vaporosas,
y al reflejo de la lumbre
que desde lo alto las dora,
tomaban ricos cambiantes
y tintas encantadoras;
ya de sus lóbregas grutas
a las escondidas bocas,
los reptiles asomaban
a ver su luz bienhechora,
y abajo en el valle obscuro
las avecillas canoras
himnos cantaban al alba,
despertando bulliciosas,
cuando saliendo Guarino
a la entrada de su choza,
y de rodillas poniéndose,
al Dios que amanece adora.
Mas con harto asombro suyo,
rompiendo la pura atmósfera,
a sus oídos llegaron
voces de humanas personas.
Tendió la vista a la falda
de las empinadas rocas,
y de gran tropel de gente
las vio rodeadas todas.
Todos los ojos se tienden
hacia él, todas las bocas
le llaman, todas las manos
suplicantes se le tornan.
Delante de aquella turba,
por una senda tortuosa,
conduciendo un cortesano
a una niña encantadora,
subía a espacio, acercándose
a su cabaña. Medrosa
el alma de Juan Guarino,
juzgando farsa ilusoria
de tentación infernal
cuanto ve sobre las rocas,
siguió orando de rodillas,
como quien sabe que logra
vencer la o ración constante
las tentaciones diabólicas.
Y en el espacio los ojos,
que le nublan ardorosas
dos lágrimas penitentes,
en su devoción se arroba,
sin que de la gente el ruido,
que ya de cerca le acosa,
su pensamiento distraiga,
turbe su oración devota.
Virtud que sólo concede
de Dios la misericordia
a quien en él cree de veras,
a quien de veras le invoca.
¡Ante esta virtud sublime,
ante esta fe religiosa,
postraos enmudecidas,
mundanas pasiones locas!
Callad y desvaneceos,
necias y mundanas glorias,
que el nombre de inspiraciones
os apropiáis mentirosas!
¡Inspiración del que canta
torpes y profanas trovas;
inspiración del que pinta
desnudez escandalosa;
inspiración del que a mármoles
da provocativas formas;
a esta inspiración postraos,
que es más santa que vosotras!
DIOS ES EL GENIO: Él inflama
su inspiración vigorosa
en las almas que con ella
a altas hazañas se arrojan.
DIOS ES EL GENIO; y donde Él
no enciende su luz radiosa,
ni hay inspiración ni hay genio,
no hay más que miseria y sombras.
Y esta inspiración divina
es la que Guarino goza,
cuando María y Wifredo
ante él humildes se postran.
Y de ese célico arrobo
es del que Guarino torna,
cuando estas palabras oye
del Conde de Barcelona:,
—Hombre santo, en quien habita,
el espíritu sublime
del Dios cuyo aliento solo
alimenta cuanto existe,
mira a tus plantas, y duélante,
dos seres a quien aflige
pena por el cielo impuesta
en su juicio incomprensible.
Relámpago repentino
cerró las puertas sutiles
del ver a los claros ojos
de esta doncella; y humildes
a suplicarte venimos
que otra vez los ilumines,
y del Dios en que creemos
la grandeza patentices.
JUAN GUARINO ¡Apartaos, tentadores!
¡Vagos fantasmas, huidme!
Dios su poder no demuestra
por instrumentos tan viles.
Dios es grande, sí, muy grande,
mas prodigios tan insignes
no ha de fiar a mis manos,
hechas de tierra y de crimen.
¡Dejadme, apartad!
WIFREDO En vano
vuestra humildad se resiste;
la voz del cielo, a estas peñas
milagrosa nos dirige.
GUARINO Señor, si me da el orgullo
esta tentación horrible,
si este poder me atribuye
Satanás por afligirme,
o dadme fuerza, Señor,
y fe para resistirlo,
o mostrad vuestro poder
y que el soberbio se humille.
Así exclamó el penitente,
y a la doncella la voz
dirigiendo, dijo: —Eleva,
mujer, en nombre de Dios,
al firmamento los ojos,
y alúmbretelos el sol.
Y obedeciendo María,
miró a los cielos y vio.
Postróse el Conde de hinojos
adorando al Criador:
la comitiva, asombrada,
por tierra se prosterno,
y elevando Juan Guarino
al cielo su corazón,
las manos al sol tendidas,
un punto en silencio oró.
Gozaba absorta María
de la luz el resplandor,
por todas partes mirando
con grata enajenación;
y pasaban sus miradas
en escrutinio veloz
de una peña en otra peña,
de una flor en otra flor,
recordando con delicia
las ideas que guardó,
de su ceguera en las sombras,
de la luz y, del color.
Lanzó el infierno un gemido
de despecho y confusión,
contra Guarino aprestando
todo entero su furor.
Y el justo, que interiormente
el ataque presintió,
preparóse a resistir
su más fuerte tentación.
Y comenzando avisado
por el contrario mayor,
vuelto a Wifredo y su gente,
de esta forma les habló:
—Ya Dios de remediaros fue servido:
de vuestra alma adoradle en lo profundo,
y apartaos de mí, que con el mundo
no puedo nada de común tener.
Mis votos escucharos me prohíben,
y está robando a Dios vuestra presencia
el tiempo de oración y penitencia
de que mi salvación ha menester.
Así habló el justo, y acogerse quiso
al fondo de su gruta retirada,
cuando María le atajó, postrada
cayendo ante sus pies, hablando así:
—La luz de Dios por mis cegados ojos
entró en mi pecho, y a su luz divina
la niebla del futuro se ilumina,
y leo lo que guarda para mí.
Las inmensas riquezas de mi padre
me elevarán un santo monasterio
en medio del silencio y el misterio
de esta extensa y desierta soledad.
Yo eternamente en su recinto sacro
alabaré de Dios la omnipotencia,
y en él ha de acabarse mi existencia,
y ha de empezarse en él mi eternidad.
De esta montaña, en cuya excelsa cumbre
volví a gozar la luz del mediodía,
no bajaré ya más; la planta mía
otra tierra a pisar no volverá.
Tembló al oír el penitente austero
tan gran resolución, al punto mismo
el lazo viendo que el contrario abismo
tendiendo astuto a su virtud está.
Presentóse a su mente la grandeza
de su alta santidad; mundano orgullo,
brotando cual vapor en su cabeza,
descendió a obscurecer su corazón,
y un momento en la duda vacilando
de la afanosa e interior pelea,'
calló, temiendo que vencida sea
la recta fe por mundanal razón.
A María con lágrimas Wifredo
postróse a suplicar, pero fue en vano;
ella le dijo: —No, padre, no puedo
a la voz de los cielos resistir.
Tornó el padre a insistir y a negarse ella,
la religión y el mundo largo trecho
combatiendo de entrambos en el pecho;
pero túvose el mundo que rendir.
Y alzando entre los peñascos
de la desierta montaña,
cabe la de Juan Guarino
otra rústica barraca,
y el Conde y los suyos yéndose
a la ciudad más cercana,
en la soledad dejaron
a la doncella, con lágrimas.
Wifredo, desde aquel punto
las órdenes necesarias
para alzar el monasterio
expidió por la comarca.
Cundió por ella el prodigio,
y a Barcelona llevándola
la fama, la celebraron
con fiestas y luminarias.