Un día y otro día
de púrpura y de grana
entre vistosos grupos
de nubes y arrebol,
igual, indiferente,
nacer cada mañana
para el alegre vemos
y para el triste el sol.
Antorcha que ilumina
la creación entera
en torno de ella vueltas
infatigable da;
mas cuanto con su lumbre
fecunda en la postrera
tornándolo en estéril
en la siguiente va.
El cubre los vallados
de flores y verdura;
él hace escaso arroyo
lo que ancho río fue;
él da a los secos árboles
fructífera espesura;
él cría el gusanillo
que les corroe el pie.
Y al que hoy dejó llorando
en abandono y duelo,
mañana encuentra alegre
y venturoso ya;
y al que dejó olvidado
en su placer del cielo,
mañana ve que hundido
en el dolor está.
Las unas tras los otros
los días y las horas
del mísero Wifredo
pasando van así;
las últimas acaso
de calma precursoras,
que el bien ni el mal eternos
jamás serán aquí.
Que en la mudable tierra
por diferentes modos
concluye todo luego,
varía sin cesar,
y al cabo en nuestros males
nos consolamos todos
de lo que ya ha pasado
con lo que va a pasar.
Seis años se pasaron,
y con la edad se fueron,
si bien de sus pesares
los torcedores no,
los males que al sepulcro
cercano le pusieron,
y aun sus recuerdos casi
el tiempo adormeció.
Sí, que aunque guarda enteras
el alma de Wifredo
las lúgubres memorias
de su pasado mal,
no vienen como un día
ministros de ira y miedo
a perturbar sus sueños
en círculo infernal.
No lloran ya sus ojos
con lágrimas ardientes
que abrasan sus mejillas
la prenda que perdió;
cesaron sus extremos
esfuerzos impotentes
en pos de lo que airado
su Dios le arrebató.
Profunda, aunque templada,
tenaz melancolía
le prensa el amoroso
paterno corazón;
más grata si más triste
la aduerme cada día,
memoria, no esperanza;
recuerdo, no ilusión.
Y así la vida pasa
pacífica y tranquila
en medio de su pueblo,
que idolatrando en él,
a distraer sus penas
en derredor apila,
atenta a su consuelo,
su muchedumbre fiel.
Y en vítores y aplausos,
en danzas y cantares
los senos del palacio
llenando sin cesar,
de su señor ahuyentan
los íntimos pesares,
que sólo puede el tiempo,
rodando, consolar.
Con corazón sencillo,
leales los pecheros,
sus brazos y sus tierras
le vienen a ofrecer;
y extrañas fileras y aves
le cazan sus monteros,
que de lejanas tierras
le vienen a traer.
De su señor amigos
los graves cortesanos,
ancianos peregrinos
le salen a buscar,
que el ocio y el fastidio,
del corazón tiranos,
con mágicas leyendas
le vengan a ahuyentar.
Y así la vida pasa
pacífica y tranquila
en medio de su pueblo,
que idolatrando en él,
para atenuar sus penas
en su redor apila,
atenta a su consuelo,
la muchedumbre fiel.
Y un día que, en sus memorias,
el buen Conde adormecido
yacía, en silencio hundido,
en un cómodo sillón,
contemplando vagamente
en la inmensa chimenea
la llamarada que humea
con el húmedo tizón,
Vino a distraer su oído,
hiriéndole de repente,
confuso rumor de gente
de su casa en lo interior;
y confusión y tumulto
y pasos y gritería,
que se iba acercando oía
por vecino corredor.
Dejó el sillón azorado,
y a aquel son extraño atento,
la puerta del aposento
abriendo, al dintel salió,
deteniéndose asombrado
al ver que sus corredores
gente en tropel, con clamores,
tan sin respeto invadió.
Las damas y las payesas,
los artesanos y arqueros,
los nobles y los pecheros,
en revuelto pelotón,
avanzaban lentamente
por sus estancias adentro,
fija la vista en el centro
de la inmensa reunión.
—¿Qué es esto?—exclamó Wifredo
un pago a ellos avanzando.—
¿Quién entra aquí así, turbando
la quietud de mi mansión?
Hablad: ¿qué sucede ahora?
¿Hay en él puerto enemigos?
¿O es vuestra turba traidora
una osada rebelión?
¡Vivo Dios! Ea, explicaos.—
A cuyas voces airadas
quedaron paralizadas
las voces, quietos los pies.
Y el Conde, viendo que nadie,
contestaba, de un montero
asiendo, que iba el primero,
le dijo: —Explícate, pues.
—Señor—dijo éste turbado,
la rodilla hincando en tierra;
no es movimiento de guerra
lo que veis, no es rebelión;
es que en Montserrat cazamos
tres días ha una alimaña,
que creímos, por lo extraña,
digna de vuestra atención.
Miradla. —Y así diciendo,
la multitud dividiendo
ante los ojos del Conde
la alimaña presentó.
Y en redor de ella y Wifredo,
círculo extenso formando,
la alimaña contemplando
la muchedumbre quedó.
Jamás miraron sus ojos
una bestia más extraña,
ni en los ámbitos de España
la halló hombre alguno jamás,
ni de su forma recuerdo
guardó nadie en su memoria,
ni de ella en escrita historia
habló algún sabio quizás.
Era del jerbo y del mono
término, o compuesto acaso:
del jerbo tenía el paso,
del mono la formación.
La mirada melancólica
su interior pena exprimía,
y sus miembros encubría
largo y espeso vellón.
Ni mostraba a los amagos
ruda y salvaje fiereza,
ni a los hombres extrañeza,
ni a las caricias placer.
Mas de pavor con extremos
constantemente esquivaba
su mano, si la llegaba
a halagarle una mujer.
Absorto miraba el Conde
aquel ser desconocido,
dentro la jaula encogido,
insensible al parecer;
y por más que le miraba,
y por más que discurría,
la raza desconocía
más de que pudo nacer.
Mandó luego a sus monteros
que en su salón le pusieran
y allí libertad le dieran
para ver su condición;
pero la bestia su jaula
no abandonó un solo instante,
permaneciendo constante
en la misma posición.