(El Pan nuestro de cada día dánosle hoy, etc.)
Dices que mi padre ha muerto
y nos faltará el sostén;
que el Conde se fue de cierto;
y a todo añades: amén.
-¿Sobre cuánto tiempo habrá
que no has llorado, abuelita?
-Me lo preguntaste ya.
¡Esa fecha estaba escrita!
-¡Abuela, como no leo!...
-Pues bendice tu ignorancia:
con los ojos que yo veo
leyeras a gran distancia...
Hija mía, hay una ciencia
que principia en la niñez,
sigue por la adolescencia
y se cumple en la vejez.
-Háblame con claridad...
-Te digo, por el momento,
que no lloro en tu orfandad
y lloré en tu nacimiento...
Bajo el azar, en la tierra
se nace, vive y perece:
dicen que la vida es guerra,
y a un juego más se parece.
Sí: tu cuna fue su caja...
Y en el punto en que nacías
mojaban una mortaja
tus lágrimas y las mías.
-¡Nunca te expresaste así
las veces que me has nombrado
a mi madre!...
¡Queda en mí
mayor misterio encerrado!
Un secreto solamente
se esconde a la sociedad:
como no importa a la gente,
no adquiere publicidad.
La historia de la indigencia
la da el mundo por sabida;
pero es la propia conciencia
la verdad de cada vida.
Todo se sabe y se dice,
menos la obscura virtud
que ejercita el infelice
siendo el alma su ataúd.
-Yo no te comprendo, abuela:
mas porque venga prontito
el Conde, pondré una vela
a San Antonio bendito.
¡De que al cabo volverá
abrigo presentimiento...!
Ya le quiero...
-Bien está:
¡Vale más uno que ciento!
-Pero, si acaso no viene,
porque haya dado con quien
se lo impide o le entretiene...,
¿Qué me respondes?
-Amén.