I
Madre del recién nacido:
cese tu santo dolor,
que ya otra madre de amor
lo conserva aquí dormido.
Murió sin haber tenido
hoy, ni mañana, ni ayer;
no ha llegado a padecer
la enfermedad de la ciencia,
que principia en la existencia
y concluye en el no ser.
II
Héla aquí suelta ya de sus amores,
sin suspiros, sin lágrimas, en calma:
la sien le ciñen nemorosas flores;
tiene en las manos la virgínea palma.
III
Gentes de su comunión
llevaban calle adelante
el cuerpo de un protestante
a la postrera mansión.
Pasaba en tal ocasión
un cura que, inadvertido,
rezó por el fallecido;
pero, al caer en lo cierto,
dijo:-«¡Reniego del muerto,
y lo rezado, perdido!»