El encuentro
Desempedrando la calle
en una andadora yegua
que del Betis cristalino
nació en la verde ribera,
cuando el moribundo rayo
del sol se vislumbra apenas
en los extremos remates
de las más altas veletas,
el dios Marte en la apostura,
si de bondad no tuviera
clara expresión amorosa
su pálida faz morena,
a trote largo va un mozo
de veinte y ocho años a treinta:
y al desusado ruido
que al chocar sobre las piedras,
producen las herraduras
de la trotadora yegua,
acuden a sus balcones
en ruidosa competencia,
hombres, mujeres y ancianos,
y chiquillos y mozuelas.
Mas no mira el pasajero
que causa gran extrañeza
en el apartado barrio
su noble y marcial presencia;
y en pensamientos profundos
sumida el alma, las riendas
sobre las trenzadas crines
al aire flotando sueltas
va cruzando, cual si el sino
dirigiese su carrera,
estatua ecuestre animada,
por la circunstante escena.
Mas al pasar por delante
de la misteriosa puerta
de aquella casa que excita
curiosidad tan intensa,
a una exclamación gozosa
que pronunció una voz tierna,
lleno de asombro el viandante
alzó la noble cabeza:
y mientras con diestra mano
el brioso animal refrena,
las espesas celosías
por atravesar se esfuerza,
con miradas que un abismo
de indómito amor revelan.
Entreabrióse la ventana,
y más hermosa que estrella
que al triste náufrago anuncia
el fin de horrible tormenta;
más plácida que la luna
cuya blanda luz riela
sobre las olas de un lago
en noche clara y serena;
más bella que la esperanza
y como la dicha bella,
asomóse un breve instante
una mujer; la sorpresa
embargó la voz del mozo
un punto, mas luego: «¡Es ella!»
exclamó: –la celosía
cayó; mas una ligera
señal de la hermosa joven,
en su sencillez compleja,
dijo al mancebo: «No tardes
en volver, que aquí te esperan».
Y en el lenguaje expresivo
de su mirada resuelta
contestóla él: «No haré falta».
Y clavando ambas espuelas
en los lucientes ijares
de la trotadora yegua,
va por la calle torcida
corriendo a toda carrera.