Ese orden admirable con que todo
prueba en la creación que hay un sistema,
del cual cada elemento va, a su modo,
parte a formar con precisión extrema,
do hasta el vapor más leve, que del lodo
se exhala, tiene una razón suprema
de ser, y contribuye a la armonía
universal del mundo en que se cría
la creación, espléndido palacio
que, para prueba y gloria de sí mismo,
fabricó el Criador en un espacio
que era sólo de sombras un abismo,
y en el cual, como chispas de topacio,
lanzó con misterioso mecanismo
mundos de luz, que en infinita copia
giran con propio ser y con luz propia;
y esa tierra que rueda en el vacío,
cual negra aparición, en medio de ellos,
como un fantasma pálido y sombrío,
que va errando a través de sus destellos,
por cinturón llevando un mar bravío,
mil selvas ondulantes por cabellos,
dejando tras de sí vagos rumores
y una estela de aromas y vapores;
esta tierra, que lleva exactamente
en derredor del sol medido el paso,
saliéndole a buscar por el Oriente,
y yéndole a dejar por el Ocaso,
para que el seno fértil la caliente
y la abra, como flor puesta en un vaso,
ofreciéndonos luego, madre tierna,
la que nos guarda nutrición materna;
esta tierra, que acordes vivifican,
cuando en marcadas estaciones llegan,
tempestades, que su aire purifican,
lluvias tranquilas, que sus plantas riegan,
pastos, que sus ganados multiplican,
mareas, que equilibran y sosiegan
sus mares, que la prestan contrapeso,
¿no prueban que hay un Dios, que hizo todo eso?
Ríndete, pues, a la evidencia, ateo,
y cree por fin en Dios, como yo creo.