Sí que hay Dios; su existencia está palpable
en cuanto el hombre con su mente abarca,
de este mundo en la fábrica admirable,
del cual le instituyó dueño y monarca.
Nada hay en ella que de Dios no le hable,
todo en la tierra su presencia marca,
de cualquier elemento en el sistema
se ve del Criador la ley suprema.
Dios pobló el mar de monstruos y de peces,
y le alfombró de perlas y corales,
y Él, del vapor de sus salobres heces,
crea en la tierra dulces manantiales;
y Él sus aguas arrastra y las da creces,
hasta que son al fin ríos caudales,
que, volviendo a buscar su centro mismo,
vuelven del mar al turbulento abismo.
Dios acordó entre sí cada elemento
para el fin de sus planes creadores;
e, invisible abanico, orea el viento,
yerbas, arbustos, árboles y flores;
da el sol del aire a la humedad fermento,
y a todo, con su luz, vista y colores;
todos los elementos, obedientes
a Dios, son de su Ser pruebas latentes.
Todo en el mundo su existencia prueba,
todo en la creación su gloria canta,
todo la marca de su mano lleva,
todo se postra en su presencia santa;
todo nuestra alma a nuestro Dios eleva,
y a dar de Él testimonio se levanta;
y en cuanto hay en los mundos existente,
la existencia de Dios está patente.
Dios criador, espíritu supremo,
¿hay quien pueda dudar de tu existencia?
¿Hay quien la niegue, estúpido o blasfemo,
de sí mismo y tus obras en presencia?
¿Hay ceguedad que raye en el extremo
de no reconocer tu omnipotencia
en esta noble fábrica del Orbe,
donde nada hay que huelgue, ni que estorbe?