Ese vital perpetuo movimiento,
que en su marcha uniforme, igual, tranquila,
anima tierra, sol, mar, firmamento,
cuanto es del mundo parte o elemento,
no es el febril temblor con que vacila
sin voluntad un trémulo convulso;
tiene que proceder de ajeno impulso.
Todos los días por detrás del monte
su luz nos trae, y en el Oriente toca;
todas las tardes baja al horizonte,
y se hunde el sol tras de la opuesta roca;
tiene horas fijas; a esperarle ponte;
él no falta jamás, ni se equivoca;
que nuestro globo gire, o él se mueva,
alguien nos trae al sol, alguien nos lleva.
Todas las primaveras cubren de hoja
los árboles, de mieses la llanura;
la tierra flores en Abril arroja,
del estío al calor frutos madura,
al frío de Diciembre se despoja
de su fértil y verde vestidura;
mas flores, fruto, mies, nieve o turbiones,
sólo a su tiempo traen las estaciones.
Si una máquina fuera hecha al acaso,
y que al acaso nada más marchara,
se entorpeciera alguna vez su paso,
se detendría alguna o tropezara;
mas no sufre desorden ni retraso
jamás; nunca se turba, ni se para;
alguno es fuerza que su marcha rija,
y tiene que ser Dios, quien la dirija.
El movimiento universal del mundo
recibir de su Dios su impulso debe;
el perenne calor que en lo profundo
de la tierra sus gérmenes promueve,
ese jugo prolífico y fecundo
que de las lluvias infiltradas bebe,
deben tomar su creadora esencia
de un Dios, germen primero de existencia.
Del movimiento universal, ateo,
¿no ves la fuerza en Dios? –Yo sí la veo.