El mundo es una máquina, mas tiene
una fuerza motriz que, en él impresa
desde su creación, obrando viene
con regularidad, que nunca cesa;
jamás su movimiento se detiene,
ni obstáculo jamás se le atraviesa.
¿Quién le infunde esa fuerza inextinguible?
¿Se la da él a sí mismo? Es imposible.
Todo en él es caduco, deleznable;
todo comienza en él, pasa y concluye;
no hay parte de existencia perdurable
de las con que su todo constituye;
y esa fuerza motriz, infatigable,
que se la imprime otro poder arguye:
increada no es; su ser interno
en sí mismo no tiene; fuera eterno.
Y que eterno no es, es cosa clara,
pues cuanto nace en él pasa y perece.
Deslumbradora, incomprensible, rara,
su máquina, que nunca se entorpece,
que jamás se equivoca, ni se para,
tan sólo como máquina aparece;
mas en el ser de máquina se implica
el ser de un constructor que la fabrica.
Máquina y constructor a un tiempo mismo
no puede ser, ni a un tiempo criatura
y criador. Sé lógico, ateísmo,
y salir de este dédalo procura;
mas cuenta, que tras él, se abre otro abismo.
Tras las mil maravillas de su hechura,
la creación, que encierra tanto hechizo,
¿qué tiene? Un Criador, que es quien la hizo:
Máquina o criatura, es evidente
que autor o creador fuerza es que tenga,
que, a ella superior e inteligente,
su mecanismo material sostenga;
y este ser superior omnipotente
tiene que ser, pues ser quien la mantenga
no puede material, como su obra;
conque, o le falta un Dios, o el mundo sobra.
¿Hay mundo? –Luego hay un Dios, ateo.
Mira al mundo ante Dios, cual yo le veo.