¿No crees aún? Pues mientes o te engañas,
cerrando a mis razones los oídos,
juzgándolas sofismas y patrañas
por fiarte no más de tus sentidos;
mas voy a remover en tus entrañas
sentimientos que tienes escondidos
en ellas, donde aun hasta estas horas
no has osado mirar, si los ignoras.
¿Has visto algún cadáver en tu vida?
¿Has pensado por qué la carne inerte,
la materia, del alma desprendida,
se disuelve en las manos de la muerte?
Su parte espiritual ¿adónde es ida?
¿Quién rompe unión al parecer tan fuerte?
Si tal viste una vez, afirmar puedo
que ante pregunta tal tuviste miedo.
¿Te hallaste alguna vez en las tinieblas,
entre ese velo lóbrego, impalpable,
cuyos pliegues multíplices de nieblas
tupen la oscuridad impenetrable;
su lobreguez, que de quimeras pueblas
por un instinto interno, inexplicable,
con su tiniebla que vacía estaba,
por qué te dió pavor? ¿Quién te le daba?
¿Qué había en el cadáver arrancado
de su espíritu ya, qué es lo que había
para tener el tuyo amedrentado
en la desierta oscuridad vacía?
Detrás de aquel cadáver olvidado
y en aquellas tinieblas se escondía
la presencia de Dios, y su presencia
te probaba, temblando, tu conciencia.
Juez severo, tenaz, incorruptible,
que en nuestro propio corazón se esconde,
a quien la acción más leve reprensible
juzgar de nuestra vida corresponde;
voz que dentro del alma habla invisible,
y que sin preguntarla nos responde,
la conciencia nos prueba eternamente
la existencia de Dios, siempre presente.
Oye la voz de tu conciencia, ateo,
y creerás como yo, que la oigo y creo.