Y tal de este librillo es el secreto:
tal su razón de ser y tal su objeto;
conque, lector, los sesos no te hiles
en suponerme ocultas intenciones,
ni literarias y altas pretensiones,
ni miras diplomáticas u hostiles.
Yo lo digo, y lo sé, no me equivoco:
LE ESCRIBO NADA MÁS, PORQUE ESTOY LOCO.
Puedes muy bien haberlo conocido
en lo que hasta esta línea dicho llevo,
y aun a esperar sin vanidad me atrevo
que ha de dejarte de ello convencido
lo que decir más adelante debo;
porque, a través de fábulas poéticas,
de mentiras tan raras y tan locas
cual las de las sonámbulas magnéticas,
con pluma muy cortés, pero muy libre,
pienso decir verdades, aunque pocas,
del más macizo, del mayor calibre;
pues ya sabes, lector, que las verdades
mayores, sin retóricos aliños,
dicho las han en todas las edades,
con éxito, los locos y los niños.
Yo, que de la vejez en la edad lacia,
por mi desgracia o mi ventura, toco,
no aspiro a que hagan mis verdades gracia
por ser de niño, ni por ser de loco;
mas tengo comezón irresistible
de escribir y de hablar, y es imposible
que calle; hablar de todo se me antoja:
de religión, de ciencia, de política,
de historia, de moral, de numismática,
de botánica, esgrima y ortopédica,
de heráldica, de amor, de ciencia médica
(o arte de asesinar con privilegio),
de guerra, de estadística, de crítica
(o ciencia de pedantes de colegio),
de agricultura, leyes y farmacia
(o arte de envenenar sin compromiso.
¡Feliz aquel a quien le coge en gracia!)
Y, en fin, voy con audacia enciclopédica,
y en versos hasta faltos de gramática,
a meterme en estudios anatómicos,
a innovar los sistemas astronómicos
y a hacer bailar la gravedad enfática
de la dorada farsa diplomática;
que no es más (sea dicho entre nosotros)
que el arte de engañarse unos a otros.
Voy a escribir opúsculos, apólogos,
calendarios, sermones, sainetes,
sátiras cuentos, diálogos, monólogos,
trovas, novenas, églogas, motetes,
tragedias, villancicos, tonadillas,
y un poema de Job en seguidillas.
Voy a hablar de los pueblos y las razas
todas: de la de Cam y la semítica,
hasta la americana y la sajona;
de la más fuerte hasta la más raquítica,
desde la gigantea a la lapona;
de sus costumbres, trajes, lengua y trazas,
de sus juegos, peleas, bailes, cazas;
y fenicios, asiáticos, mongoles,
árabes, esquimales, mejicanos,
hotentotes, canarios, españoles,
industanis y chinos y romanos,
negros, blancos, cobrizos, tornasoles,
ricos, mendigos, nobles y villanos,
con sus mantos, sus plumas y sus mazas,
tirsos, báculos, picas, quitasoles,
calzoneras, carcaj, palios, corazas,
incensarios, turbantes y capuchas,
zorongos, palanquines y faroles,
castañuelas, bonetes y cachuchas,
guarda-infantes, casullas, sambenitos,
tamboriles, dalmáticas y pitos,
van a pasar revista entre mis manos;
y aunque les traiga aquí por los cabellos,
les voy a examinar con los frenólogos,
y a dar mi parecer de todos ellos.
Mi religión no gustará a los teólogos,
ni mi loca opinión a los políticos,
ni mis extraños juicios a los críticos,
ni mi moral excéntrica hará gracia
a los que en todo ven una blasfemia,
ni mi ley cuadrará a la diplomacia,
ni mi lenguaje inculto a la Academia;
pero hará mal en darse por sentido
nadie de mi opinión; porque es sabido,
y el testimonio universal invoco,
sólo un tonto, de tonto convencido,
puede hacer caso de lo que hable un loco.