Navego solo en el confín desierto
de un mar fragoso de gigantes ondas,
con cielo gris, sin entrevisto puerto,
sin playas de oro, con brumosas frondas.
Lucha mi nave con vaivén incierto;
sola y sin rumbo entre tinieblas hondas...
mas el pavor de mi horizonte muerto
lo alumbra un astro de fulgentes blondas.
¡Mi mar: el mundo de maldad cubierto;
mi vida: el barco en sus furiosas ondas!
el astro aquel, que entre la bruma advierto,
siendo mi guía en las tinieblas hondas,
¡quién si no tú, que en mi cerebro yerto
brillas cual sol entre rojizas blondas!...