Apacible, tranquilo, nada augura
fiereza y dolor en ti; todo convida,
como los brazos de mujer querida,
a gozar de tu plácida hermosura.
La playa lejos, la traición segura,
te alzas hasta abatir la nave erguida,
la besas, nuevo Judas, en la herida
y niegas a los muertos sepultura.
Tus ondas fingen el celeste manto
y secan las campiñas más hermosas
y de la sed hostigan el quebranto.
Amargas son tus ondas procelosas...
¡No lo han de ser si tu alimento es llanto
de náufragos, de madres y de esposas!