Buscando con afán y con recelo
tus negros ojos y su dulce herida
pregunta a Dios el alma sorprendida:
«¿Por qué hiciste, Señor, azul el cielo?»
Forjándome en mis siglos de desvelo
la boca que me ofrece muerte y vida,
con ella, ni la muerte me intimida;
sin ella ¿qué más muerte que este anhelo?
Quisiera haber nacido mariposa
y tener a merced de mis antojos
abierta siempre el ala presurosa,
libar el néctar de tus labios rojos,
y en castigo de acción tan alevosa,
consumirme en la lumbre de tus ojos.