El ejército enemigo destruyó la barbacana,
ya los fosos se colmaron de cadáveres rivales
y la inmensa catapulta, del estrago soberana,
lanza teas encendidas y granitos colosales.
Los custodios del castillo desesperan; sangre mana
de sus pechos a torrentes, sus heridas son mortales...
Mas asoma de improviso la soberbia castellana
tras la ojiva de una torre y así dice a sus leales:
—«Defensores, ¡sus! ¡a ellos! Heme juez de vuestro brío:
al guerrero más osado, rey haré de mi belleza,
dueño haré de mis primicias, seré suya, será mío!...»
Resurgió, cual por ensalmo, de los mozos la fiereza
y al fulgor del rojo incendio vióse huir con desvarío
las mesnadas agresoras, a través de la maleza.
Leído en voz alta