Resplandece á las puertas del Oriente
La estrella, que los cielos enamora,
Y de Sirio la llama abrasadora
Se oculta tras los montes de Occidente.
Yace en silencio la afanosa gente,
Callan las selvas y la mar sonora,
Solo el amante desvelado llora
Triste, esquivado, ó de su bien ausente.
Y yo á las puertas de mi hermoso dueño,
Entre recuerdos y temores paso
La dulce noche consagrada al sueño:
¿Moveréla á piedad mi pena acaso?
¡Ah! no, que ciega á mi amoroso empeño,
Menosprecia la llama en que me abraso.