En la esquina está parado
un fraile de la Merced,
con los hábitos alzados
enseñando el chuchumbé.
Que te pongas bien,
que te pongas mal,
el chuchumbé que te he soplar.
Una vieja santularia
que va y viene a San Francisco,
toma el padre, daca el padre,
y es el padre de sus hijos.
De mi chuchumbé, de mi cundaval,
que te pongas bien, que te voy a aviar.
El demonio de la China,
del barrio de la Merced,
y cómo se sarandeaba
metiéndole el chuchumbé.
Que te pongas bien,
que te pongas mal,
el chuchumbé te ha de soplar.
Eres Marta, la piadosa,
en cuanto a tu caridad:
que no llega peregrino
que socorrido no va.
Si vuestra quisiera
yo le mandara
el cachivache de verinduaga.
En la esquina hay puñaladas,
¡ay Dios, qué será de mí!,
que aquellos tontos se matan
por eso que tengo aquí.
Si vuestra merced no quiere venir conmigo,
señor Villalba le dará castigo.
Animal furioso, un sapo;
ligera, una lagartija;
pero más valiente el papo
que se sopla esta pija.
Y si no vienes de buena gana,
te dará el premio el señor Villalba.
Me casé con un soldado,
lo hicieron cabo de escuadra,
y todas las noches quiere
su merced montar la guardia.
¿Sabe vuestra merced qué? ¿Sabe vuestra merced qué?:
canta la misa le han puesto a vuestra merced.
Mi marido se fue al puerto
por hacer burla de mí;
¡él a fuerza ha de volver
por lo que dejó aquí!
Que te pongas bien,
que te pongas mal,
el chuchumbé te he de aviar.
Y si no te aviare, yo te aviaré
con lo que le cuelga a mi chuchumbé.
¿Qué te puede dar un fraile,
por mucho que te tenga?:
¡un polvito de tabaco
y responso cuando mueras!
El chuchumbé de las doncellas,
ellas conmigo y yo con ellas.
En la esquina está parado
el que me mantiene a mí,
el que me paga la casa
y el que me da de vestir.
Y para alivio de las casadas,
vivir en cueros y amancebadas.
Estaba la muerte en cueros,
sentada en un escritorio,
y su madre le decía:
«¿No tienes frío, demonio?».
Vente conmigo,
vente conmigo,
que soy soldado de los amarillos.
Por aquí pasó la muerte
con su aguja y su dedal,
preguntando de casa en casa:
«¿Hay trapos que remendar?».
¿Sabe vuestra merced qué?
¿Sabe vuestra merced qué?:
la puta en cuaresma
le han puesto a usted.
Por aquí pasó la muerte
poniéndome mala cara,
y yo cantando le dije:
«¡No te apures, alcaparra!».
Si vuestra merced quisiera y no se enojara,
carga la jaula se le quedara.
Estaba la muerte en cueros
sentada en un taburete;
en un lado estaba el pulque
y, en el otro, el aguardiente.
¿Sabe vuestra merced qué?, ¿sabe vuestra merced qué?:
que me meto a gringo y me llevo a vuestra merced.
Cuando me parió mi madre,
me parió en un campanario;
cuando vino la partera,
me encontraron repicando.
Repique y repique le han puesto a vuestra merced:
si no se enoja, se lo diré.
Cuando se fue mi marido
no me dejó qué comer,
y yo lo busco mejor
bailando mi chuchumbé.
¿Sabe vuestra merced qué?, ¿sabe vuestra merced qué?:
meneadora de culo le han puesto a vuestra merced.
Mi marido se murió,
Dios en el cielo lo tiene;
y lo tenga tan tenido
que acá, jamás, nunca vuelva.
Chuchumbé de mi cundaval,
que te pongas bien, que te voy a aviar;
y si no te aviare, yo te aviaré
con lo que cuelga a mi chuchumbé.
El demonio del jesuita,
con un sombrero tan grande,
me metía un surriago
tan grande como su padre.
Si vuestra merced quisiera y no se enojara,
la fornicadora se le quedara.