Y con tales pensamientos
batallando sin cesar,
midiendo las consecuencias
que aquella casualidad
para el venidero tiempo
a su provenir traerá,
no ve que vuelan las horas
el apenado galán.
Pegado se está en un tronco
del soto en el valladar:
y distraídos sus ojos
como por oculto imán,
atraídos a los muros
del palacio sin variar
de dirección, enclavados
en el edificio están.
La lobreguez de la noche
que en cerrada oscuridad
envuelve toda la tierra,
ver no le permite ya
más que una masa de sombra.
Porque rauda tempestad
por el espacio avanzando
ahogó el nocturno fanal
de la luna, que camina
de los nublados detrás.
Con ráfagas desiguales
empieza el aire a agitar
las ramas, que pronto el raudo
torbellino arrancará.
Ya está encima, la veleta
de la torre casi va
desde el monte en que se eleva
con las nubes a tocar.
Brilla un relámpago enorme,
y a su roja claridad
se ilumina todo el valle
por un instante fugaz,
y en este mismo momento
el reloj que empieza a dar
las tres de la madrugada,
con sus ecos de metal,
atrayendo de las nubes
la inmensa electricidad,
hizo la tormenta horrible
sobre el valle reventar,
rasgóse el preñado vientre
del nublado: el vendaval
lanzóse fuera, amagando
las campiñas arrasar:
brotó la lluvia a torrentes,
fué la tierra un cenagal,
los arroyos en un punto
hizo en torrentes cambiar:
y cada valle fué un lago,
cada cuesta un manantial,
cuyos raudales inmensos
no osa la tierra tragar,
porque no pueden sus poros
con tan gigante caudal.
Y sus pesares don Pedro
dándose prisa a apartar,
olvidando el mal del alma
con la aflicción corporal,
lanzóse sobre los lomos
de su potro, y con afán
ambos a dos acicates
aplicándole a la par,
arrancó a escape tendido
con tanta velocidad
que en su ímpetu parecía
arrastrarle el vendaval.
El día siguiente
purísimo el sol
cual siempre con lumbre
serena radió.
Tormenta de estío;
temprano calor
formóla, y en furia
ligera pasó.
El cierzo deshizo
su pronto turbión,
con soplo pujante
llevándola en pos:
y seca la tierra
sus lluvias sorbió
después de pasado
su inmenso aluvión.
Del sol a los rayos
tornóse en vapor
gran parte, que al punto
el aire llevó.
Tornaron los campos
con nuevo vigor
a alzar las espigas
que el viento abatió;
tornó a embellecerse
con nuevo verdor
la yerba y el césped
que el agua embarró.
Tornaron los olmos
el grato rumor
a alzar de sus hojas
que el aura enjugó:
y oyendo en sus nidos
su lánguido son,
las aves, que el fiero
nublado espantó,
la luz saludaron
con dulce clamor
lanzándose al viento
con vuelo veloz.
La atmósfera entonces
más pura quedó,
sin mancha de nubes
su azul extensión.
El pueblo a sentirse
con vida tornó.
Cediendo al instinto
su buen corazón,
a ver los sembrados
salió el labrador:
de fieles podencos
seguido, el zurrón
repleto, a los sotos
volvió el cazador.
Y abriendo el aprisco
do se guareció,
tornó su rebaños
al monte el pastor.
Y así de la vida
al ruido y acción
por campos y pueblos
la tierra tornó.
Tan sólo el palacio
del viejo mansión,
gozar de aquel nuevo
placer no mostró.
En todo aquel día
ninguna se abrió
de las anchas rejas
del muro exterior,
ni nadie pasando
vió abierto el pontón,
ni nadie a sus dueños
asomarse vió.
Y así pasó un día,
y corrieron dos,
y así la semana
completa pasó.
Tan sólo el domingo,
cuando el esquilón
del templo a la misa
del alba tocó,
acudió a la iglesia
con su padre Flor,
y luego a cerrarse
la casa tornó.
Tildóse en el pueblo
de extraña aprensión
del viejo un retiro
tan nuevo: y echó
por muchos caminos
la murmuración,
mas de ellos la causa
ninguno explicó.
Y así pasó en tal misterio
del verano la estación,
y un templo alza do al Silencio
el palacio semejó:
de toda amistad antigua
y de toda relación
con las gentes del lugar
el viejo se retiró.
Sólo salían al templo
con la aurora el viejo y Flor,
y según al encontrarlos
algún curioso notó,
iba el viejo como nunca
con torva faz, e iba Flor
tan pálida y melancólica
como si en su corazón
llevara un grande pesar,
o la mano del Señor
de una enfermedad la hubiera
cargado con la aflicción.