Estaba el aposento destinado
para el joven viajero,
en un ángulo aislado
de aquel viejo edificio colocado.
Para llevar a él al caballero
cruzar el viejo le hizo
uno tras otro cuarto abandonado,
y uno tras otro oscuro pasadizo;
por los cuales al ir notó el mancebo
el estado ruinoso en que se hallaba
la mansión que su huésped habitaba.
Las rotas o gastadas escaleras,
las empolvadas bóvedas sombrías,
entre cuyas maderas
se filtraban aún en gotas frías
de las pasadas lluvias las goteras;
las doradas molduras,
por la humedad y el polvo carcomidas;
las puertas de mohosas cerraduras
no usadas largo tiempo, y derruídas
de su marco y dintel las esculturas:
todo lo reparó; mientras callado
su hospedador por ella le condujo,
y aquella soledad y aislamiento
mala impresión en su ánimo produjo,
y aun en su corazón por un momento
misteriosos recelos introdujo.
Dejóle en fin en su aposento solo
el venerable anciano,
y toda idea de traición o dolo
desechó al contemplar de su semblante
la candidez, y al estrechar la mano
que le alargó al salir, dulce reposo
deseándole atento y cariñoso.
El joven, sin embargo,
con precavido examen, cauteloso,
su cuarto registró por donde quiera
que el pie pudo fijar, tender la mano
y dar campo a los ojos: todo era
limpio allí, si no rico: blando lecho
con mullido vellón y lienzos hecho,
que grato olor a limpios exhalaban,
a dormir convidaban;
y descendiendo en pliegues desde el techo,
las ventanas y puertas adornaban
blanquísimas cortinas,
con gusto puestas, aunque no muy finas;
toscos sitiales, perchas necesarias
a uso de quien se viste y se desnuda;
encendida y templada lamparilla,
todas, en fin, las fruslerías varias
con que a un huésped ayuda
una fina atención, del buen anciano
allí previno la oficiosa mano.
Abrió, pues, si maleta el caballero,
y echando a un lado su empolvado traje
y las botas de viaje,
cómoda bata se ciñó; su espada
dejó a su lado diestro colocada,
y en la cama metiéndose,
largo sueño a gozar tranquilo y blando
se dispuso en las ropas envolviéndose,
Pronto vagos delirios e ilusiones
fantásticas se alzaron en su mente:
vaporosas visiones
que cerniéndose en alas invisibles,
bajan continuamente,
del pacífico sueño precursoras,
a derramar benéfico beleño
sobre el mortal que siente en altas horas
con silencioso pie venir al sueño.
Todos entonces en tropel callado
los objetos que vimos en el día
toman cuerpo en la loca fantasía,
y en confuso montón desordenado,
llenas de ligereza y poesía,
revestidas de formas celestiales,
nos excitan ideas que adoramos
el sueño a conciliar, mas de las cuales
jamás al despertar nos acordamos.
Mas entre estos delirios del insomnio
que aduermen al cansado caballero,
entre esta multitud de sombras leves
precursoras del sueño verdadero,
hay un bello fantasma más visible,
mucho más vaporoso, más ligero,
que le acuerda amorosa y vagamente
la encantadora imagen apacible
de otro viviente ser visto primero.
Y esta imagen purísima, alba y bella,
que entre las pardas sombras del insomnio
como lirio entre céspedes descuella,
como entre zarzas purpurina rosa,
como entre nubes rutilante estrella,
como entre toscas y comunes aves
de real pavón la pintoresca pluma,
cual regio buque entre pequeñas naves,
como rayo de sol entre la bruma
de nebuloso lago, es la amorosa
sombra de una mujer cándida, hermosa,
a quien logró mirar tan sólo un punto,
cuya presencia saboreó un momento;
mas cuyo bello y celestial trasunto
indeleble conserva el pensamiento.
Y esa mujer con quien despierto sueña,
ese delirio que al dormirse adora
y cuya aparición encantadora
el sueño dél en alejar empeña;
esa mujer cuya ilusión divina
por rechazar de su memoria lucha,
pero cuyo recuerdo le fascina,
y a quien a su pesar mira y escucha,
es Flor-del-Alba, a quien a amar empieza,
ángel en su beldad, flor en pureza.
Así el amor callando se desliza
en nuestro corazón libre y tranquilo,
y con el filtro del amor se hechiza
a una ilusión así prestando asilo.
Como ilusión la admite: ella, traidora,
la hoguera oculta del amor atiza,
su belleza ideal la patentiza,
y al verla el corazón tan seductora
con la ilusión falaz le fanatiza,
y al fin ciego de amor la diviniza,
y en el altar de la pasión la adora.
Y así como un recuerdo vagaroso,
por la puerta no más de un pensamiento
disfrazado, traidor, mudo, alevoso,
del viajero en el alma en tal momento
entra amor a robarle su reposo.