Comienza el milagro
El mismo telón de fondo
de la primera jornada:
vista de la misma calle
en horas más avanzadas:
pero tan metida en sombra,
que, a ser caso en Cantillana
y andar el demonio suelto,
de fijo no columbrara
la faz de la triste imagen
de la Virgen de las Ansias.
Por cierto que, inútilmente
quisieron manos profanas
y luego muchos devotos,
a la primer campanada
de la oración de la tarde,
encender aquella lámpara;
siendo hablilla entre comadres
y escándalo de beatas
que al ir a prender la mecha
la pajuela se apagaba.
El sagrado del silencio
quien lo rompe lo profana,
salvo si lo santifica
con temerosa palabra.
Es costumbre de ab initio
en la plebe sevillana
ir soltando saetillas
en esas horas calladas;
saetillas que en otro tiempo
la Inquisición aguzaba
para herir piadosamente
en las conciencias livianas.
Fortuna fue que en la noche
del lance de encrucijada
acertasen a pasar,
cantores de esas tonadas,
dos gitanos, macho y hembra,
y allá va lo que cantaban: