Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana
este nuestro vivir y, como nieve
al tibio rayo, desvanece en breve
todo apacible bien y gloria humana.
Mira cuánto en color, cuánto en lozana
juventud confiar el hombre debe,
si así acabó Medrano en vuelo leve,
subido ya a la estanza soberana.
Siento tu fin veloz, aunque no incierto;
triste imagino a aquel que nos aguarda
sólo por no avenirle en pena, en lloro.
Tirsis, deja este mar, vuelve ya al puerto
la nave y busca el celestial tesoro;
que a nos, quizá, tan triste fin no tarda.