Por el sur ya Benalcázar
avanzaba a toda brida,
aliado con Duchicela
de la estirpe de los Incas.
Por el norte ya Otavalo
con ingeniosa perfidia,
había dejado indefensa
y airada la raza quichua.
Por occidente un prodigio
deja en fuentes cristalinas
la fecundante memoria
de la virtud perseguida.
Mas en tanto, sin rendirse
del tirano la osadía,
dijo: «si unos dan su nombre
a las aguas movedizas,
»yo a mi nombre y mis hazañas,
que ya la fama publica,
dejaré por monumento
lo que cuadra al alma mía,
»un agrio cerro negruzco
que deje por siempre fija
con su dureza y sus cortes
la imagen de la conquista».
Y andando por ruta opuesta
a la de Chaloya y Nina,
llegó a punto do un estruendo
dejó un picacho a la vista.
Desde entonces Nina-yacu
con puras y ardentes linfas,
sirven de brazo al Chaloya
y agrandándose camina.
El Rumiñahui se ostenta
inmoble, estéril, sin vida,
con sus ásperos peñascos,
negro y rudo hasta la cima.
Y así aún en torno suyo
esa majestad domina,
difundiendo las influencias
del tiempo que simboliza.
Mas, en tiempos venideros,
según viejas profecías,
iluminará la patria
el espíritu de Nina.