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José Zorrilla · Modernismo

Libro de los espíritus — Libro cuarto: el libro de los Espíritus

español

¿Que flor no se marchita?
¿Cuál es el fuerte roble
Que el huracan no troncha
O el tiempo no carcome?
¿Que dicha no se acaba?
¿Que hora veloz no corre?
¿Que estrella no se esclipsa?
¿Que sol nunca se pone?

¿Adond está el alcázar
En cuyas altas torres
La tempestad no ruge
Cuando el nublado rompe?
¿Quién es el que ha cruzado
El piélago salobre
Sin que su nave un punto
La tempestad azote?

¿Quién fué por el desierto
Pisando siempre flores?
¿Ni quién paso la vida
Sin duelos ni pasiones?
¿Ni quién es el que en calma
Durmió todas las noches
Sin que el pesar un punto
Tenido le haya insomne?

Ninguno. El rey altivo
Como el esclavo pobre,
Al reclinar cansados
Su frente por la noche,
Ya en mendigada paja,
Ya en ricos almohadones,
Perciben que un gusano
El corazon les röe.

Es el afan secreto
Que agita eterno, indócil
Al corazon, y gira
Con la veleta móvil
Del pensamiento vano.
¡Dichoso el que conoce
Que Dios tan solo llena
El corazon del hombre!

Por eso el Nazarita,
Que aunque de Dios favores
Sin tregua ha recibido,
A humanas condiciones
Sujeto esá, va presa
De afanes interiores
Rumiando pensamientos
Que su atencion absorben.

Va solo, atravesando
El enramado bosque
Que cubre el fresco valle,
Donde al mullido borde
De fuente cristalina
Que mana entre las flores,
Un sueño misterioso
Le embelesó una noche.

Va solo, meditando
Los ágrios sinsabores,
Que dánle de su reino
Civiles disensiones.
De Dios pesa la mano
Sobre su pueblo: y torpe
Tal vez contra sí mismo
Va á dirigir sus golpes.

¿Qué han hecho al fin sus sábios
Proyectos creadores?
¿Qué al fin han producido
Tesoros tan enormes
Como él ha dispendiado
Para elevar el nombre
De su gentil Granada
Sobre el de cien naciones?

Cubrió los verdes cerros
De gigantescas moles:
Tornó en frondosos cármenes
Sus valles y sus montes:
Mas la soñada dicha
De sus intentos nobles
¿Dó está, si á los humanos
No pudo hacer mejores?

Riqueza dió á los Moros,
Con la riqueza dióles
Poder, victoria, fama…
Mas dió á sus corazones
Con ella mas deseos
Y orgullo y vicio dobles:
Y al fin ¿qué es lo que logra?
Doblar sus ambiciones.

Con ellas la discordia
Germina al par: mayores
Triunfos tal vez alcancen
Sus armas: tal vez logren
A empresas mas gloriosas
Dar cima, y sus pendones
Clavar sobre los muros
Que á los contrarios tomen.

Mas ¡ay cuando su fuerza
Contra ellos mismos tornen!
Mas ¡ay cuando su ciencia
Se emple en invenciones
De pérfida política,
De códigos traidores
Que, leyes pregonando,
Su destruccion pregonen:

Y el reino que él fundara
De tanto afan á coste,
Por él seguro acaso
De estrañas invasiones,
Tal vez consigo mismo
Luchando se destroce,
Y abra á un sangriento circo
Su alcázar sus balcones!

Tal vez un rey cristiano,
Sagaz y fuerte entónces,
Desde Castilla viendo
Los Arabes discordes,
La hoguera de sus iras
Certeramente sople
Y al frente de Granada
Prente sus legiones.

Así Al-hamar discurre,
Con cálculos precoces
Llorando por Granada,
La flor de sus amores.
Así Al-hamar se aflige,
Y á solas por el bosque
Se mete, absorto y triste
Con sus cavilaciones.

Era una hermosa tarde
De Abril: los resplandores
Del sol, que á ocaso baja
Manchando el horizonte
Con tintas de oro y púrpura,
Los pardos torreones
Alumbra de la Alhambra
Con rayos tembladores.

Ya la última montaña
A largo andar traspone
El sol: ya dora solo
Los altos miradores
De los palacios árabes:
Cayendo al fin se esconde
Tras la montaña entero,
Y allá la mar le sorbe.

El pálido crepúsculo,
Que va tras él, recoge
La luz que al dia resta:
Da un paso mas, y el orbe
Con cuanto bello abarca
En lúgubres crespones
Emboza poco á poco
Las silenciosa noche.

Nubló su espesa sombra
Los ojos brilladores
Del distraido príncipe,
Y al mundo real volvióle;
Volver quiso él las bridas
De su caballo, dócil
A su llamada siempre,
Pero rebelde hallóle.

Era el caballo de árabe
Raza, leal y noble;
Mas por la vez primera
Su orígen desmintióse.
La voz de su ginete
Desconoció: aplicóle
La espuela y, al sentirla,
Feróz encabritóse.

Mira Al-amar en torno
Si hay algo que le asombre,
Y al estender la vista
El sitio reconoce;
Junto á la fuente se halla
A cuyo són durmióse
Años atrás soñando
Con célicas visiones.

La idea mas recóndita
De su cerebro entónces
Se levantó espantando
Su corazon. Las dotes
Divinas del espíritu
Que allí le habló: los dones
Que recibió del cielo
Desque á él aparecióse:

Su celestial historia,
Sus celestiales órdenes
Que obedeció arrastrado
De impulsos superiores:
De gloria y de opulencia
Las altas predicciones,
En todo con sus místicos
Oráculos conformes,

Todo fué cierto; todo
Cual lo soñó cumplióse.
¿No será, pues, su raza
Quien sus afanes logre?
¿No es, pues, el Dios que adora
El Dios de sus mayores,
Y él hizo una diadema
Con que otro se corone?

Su mente oscurecieron
Densísimos vapores:
Dudó: tembló dudando:
El corazon turbósele,
Y así esclamó en la sombra
Con temerosas voces,
Que ahogó el murmullo manso
Del manantial y el bosque:

«Espíritu, que el fondo
«De ese raudal esconde,
«Yo obedecí sumiso
«Tus misteriosas órdenes
«Y soy la sola víctima
«De tu presencia; tórname,
«Pues, á la fé primera,
«O con tu ley abóname.»

Dijo: y, como acosado
Por invisible golpe,
Saltó el caballo fiero
Con repentino bote,
Por medio de las sobmras
Lanzándose á galope:
Y el rey arrebatado
A su pesar sintióse.

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Autor
José Zorrilla (1817–1893) · Wikidata Q331863
Título
Libro de los espíritus — Libro cuarto: el libro de los Espíritus
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-libro-de-los-espiritus-libro-cuarto-el-libro-de--jose-zorrilla-789245
Cita recomendada
José Zorrilla, «Libro de los espíritus — Libro cuarto: el libro de los Espíritus», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-libro-de-los-espiritus-libro-cuarto-el-libro-de--jose-zorrilla-789245.html

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