No hay mas que un solo Dios. El solo es grande,
Solo infinito, omnipotente solo.
Nada hay que para ser no le demande
Licencia: él pesa la virtud y él dolo,
Y el premio envia ó el azote blande.
Todo lo oye y lo vé de uno á otro polo,
Y cosa no hay por elevada ú honda
Que á su mirada universal se esconda.
No hay mas que un solo Dios, cuya crëencia
Luz es y salvacion: do quier la marca
Brilla de su poder y de su ciencia.
Diso solo es triunfador; solo monarca
Del universo es El: su omnipotencia
con ley universal todo lo abarca;
Su presencia inmortal todo lo inunda,
Todo lo vivifica y lo fecunda.
El los mundos arregla ó desordena
Segun su escelsa voluntad divina:
El al tiempo dirige: él encadena
Los elementos á sus piés: domina
El huracán: tras el nublado truena:
Luce á través del alba purpurina:
Entapiza con nieve las montañas,
Y abrasa con volcanes sus entrañas.
El murmullo del agua, el són del viento,
El susurro del bosque estremecido
Por sus inquietas ráfagas, el lento
Arullo de la tórtola, el graznido
Del cuervo vagabundo, todo acento
Por ave, fiera ó éco producido,
El nombre santo de su Dios pronuncia,
Su gloria canta, su poder anuncia.
El los errantes astros encamina:
El azula la atmósfera serena:
El crea y él destruye, alza y arruina:
El, infalible juez, salva y condena:
El solo ni envejece, ni declina:
El solo el hueco de los mundos llena:
El orbe encima de su palma cabe:
Solo él no yerra nunca: solo él sabe.
No hay mas que un solo Dios. Los que le niegan
Con altivez blasfema, palidecen
Cuando al umbral de su sepulcro llegan:
Los que en su ciencia ruin se ensoberbecen
Y de él se mofan, al morir le ruegan.
Por él existen y por él perecen
Todos. No hay mas que un Dios. Ante su nombre
¿Qué es el orgullo y el saber del hombre?
Siglo, que audáz el de la luz te llamas
Y por miles de plumas y de bocas
El manantial de tu saber derramas:
Siglo de ciencia, que el error derrocas,
la virtud premias y el ingenio inflamas:
Siglo, que dices que á la cumbre tocas
De la dicha, que el mundo civilizas
Y tu raza de sabios divinizas:
Siglo de prensas y de bolsa y ágio,
Que, en carros de vapor, hasta la luna
Intentas difundir el gran contágio
De la ciencia, y parar á la fortuna
Con tus empresas mil… ¡siglo de plágio
Que, en solos nueve lustros, en sí aduna
Mas maestros, artistas y doctores
Que hubo en ciento estudiantes y lectores!…
¿De dónde vienen los que nacen? ¿Dónde
Ván los que mueren? ¿Dónde, en qué lejano
Lugar se acuesta el sol? ¿En cuál se esconde
La luna de su luz? ¿Cuál es la mano
Que les guia á los dos? Habla, responde,
Orgullo necio del saber humano,
Hojéa el libro de tu ciencia osada:
¿Qué es lo que sabes de tu orígen? —Nada.
No hay mas que un solo Dios, que nada ignora:
El conoce las puertas de la tierra;
Abre las de la cuna y de la aurora:
Las de la noche y de la tumba cierra.
Más allá de las dos él solo mora,
El solo sabe lo que allá enierra;
De allá viene, allá va quien nace y muere.
¿Porqué? Su voluntad así lo quiere.
Mas detente ¡oh Espíritu divino!
¡Oh Arcángel de la Fé! Tú, cuyo paso
Buscando un dia al corazon camino
Ahogó á las Musas y aplanó el Parnaso:
Unico fuego que del cielo vino,
Calma tu inspracion en que me abraso:
No ensayes en el arpa del poeta
Los cantos del salterio del Profeta.
Mi limitada comprension humana,
Mi ruda voz y tosca poesía
Eleve, sí, tu inspiracion cristiana
Y dignas sean de la patria mia.
Enaltece mi ingénio, porque ufana
Pueda hijo suyo apellidarme un dia,
Y de mi nombre, si al olvido vence,
La tierra en que nací no se avergüence.
Mas dejemos al siglo ir desbocado
De los pasados siglos tras la herencia,
En el carro del oro arrellanado,
o suspendido en alas de la ciencia.
Dejémosle seguir la ley del hado
Segun su voluntad ó su concienca,
Sin que perturbe su insensata orgía
El himno audáz de la crëencia mia.
Tiéndeme, pues, tus alas de zafiros,
Y lejos de él transpórteme tu vuelo
Donde sus carcajadas y suspiros
No desgarren del aire el puro velo.
De él á través con luminosos giros
Alzame andonde, con eterno hielo
Cubriendo su cerviz, Sierra-Nevada
Salutíferas áuras da á Granada.
Llévame á os recónditos asilos
De aquellas misteriosas soledades,
Cuyos mónstruos de nieve ven tranquilos
Nacer y perecer razas y edades.
Muéstrame las cavernas y los silos
Donde ván á dormir las tempestades,
Por cima del peñon desconocido
En que suspende el águila su nido.
Del Supremo Hacedor la sábia mano
No creó sin destino esos lugares
Inaccesibles al orgullo humano:
Ni, envueltos en sus mantos seculares
De nieve espían sin cesar en vano
Esos gigantes blancos tierra y mares.
Subamos, pues, sobre las áuras leves
Al misterioso alcázar de las nieves.