En las desiertas cumbres que la sierra
A las legiones de la luz levanta,
Paso al cielo tal vez desde la tierra:
Allí, donde árbol, animal, ni planta,
Ni vegeta, ni vaga, ni se encierra
Bajo la eterna nieve, y se quebranta
Cuanto vida ó calor toma del suelo
Al peso de una atmósfera de hielo,
Se abre por las montañas un camino,
Mas bien un tajo, que sus breñas parte
Como una faja de planchado lino,
El cual dirige al colosal baluarte
De la nieve. Jamás tan peregrino
Sendero supo fabricar el arte,
Ni inspirarle á la mente mas risueño
Maga oriental en hechizado sueño.
A ambas orillas de su senda blanca
Labra caprichos mil el aire helado,
Que el ámpo trae que el remolino arranca
Dejándole do quier cristalizado.
La agua congela y el vapor estanca
Y cincela sutíl filigranado
Del hielo en el cristal, cuyas labores
Descomponen la luz en mil colores.
Mas como sus espléndidos reflejos
De la nieve se estrellan en la alfombra,
Y en el mate cristal de sus espejos
Mata al color la blanquecina sombra,
Todo es blanco do quiera, cerca y lejos:
Todo el pais descolorido asombra
Con su igualdad la vista: blanco el suelo,
Blanco el espacio puro, blanco el cielo.
Y allá del peñascal en la estrechura,
Por el lugar do empieza este sendero
A blanquear en el fin de la llanur,
Comienza á negrëar bulto ligero.
Crece… se aclara como va la altura
Ganando. Es un mortal: un caballero
Moro: y, conforme lo velóz que sube,
Parto fué su corcel de alguna nube.
El ámpo de la nieve no desflora
Con el herrado casco en su carrera,
Y, al ver la forma aérea y voladora
De ginete y corcel, se les tuviera
Mejor por ilusión fascinadora
Que por seres de vida verdadera:
Pues ¿quién sino fantásticas visiones
Osaran aribar á estas regiones?
Mas ¿quién bajo los pliegues ve espumosos
Del mullido tapiz de copos leves?
¿Quién conoce los seres vaporosos,
Que la region habitan de las nieves?
¿Quién sabe qué destinos misteriosos
Les dió aquel que, con dos palabras breves
Cuando hizo el orbe, al hielo cristalino
Del sol su destructor puso vecino?
El solo, Dios. Recóndito misterio
Envuelve loscontornos liminares
De aquel helado y silencioso imperio
Escondido entre rocas seculares.
Solo él ve lo que encierra este emisferio,
Por entre cuyos blancos valladares
La árdua ascension al último acomete,
Cual suelta nube, el Arabe ginete.
De peñon en peñon, de risco en risco,
El tortuoso camino va siguiendo
Sobre su negro potro berberisco,
Y á los nublados bajo sí va viendo
Fermentar en sus vientes el pedrisco
De invisibles torrentes al estruendo,
Y segun sube hácia la azúl esfera
Va aflojando el caballo su carrera.
¿Quién es? — Vuela perdido en la distancia:
Su forma e vaga sombra todavía.
¿Dó va? — ¿Y quién su poder ó su arrogancia
Sabe? Tal vez á la mansion del dia.
Genio, tal vez allí tiene su estancia:
Mortal, de un filtro acaso se valdria;
Mas ya trepa al confin: ya poco á poco
Modera su corcel su ímpetu loco.
Ya
Se
Ve
Que
Dando
Se va,
Mas blando
Al freno.
Ya no bota
De ira lleno,
Ni va ageno
De derrota
Desbocado,
Como mata
Que arrebata
Desbordado
Rapidísimo
Turbion.
Ya se dilata
Su fáuce henchida
De comprimida
Respiracion,
Y, violento,
Lanza el aliento
Que le sofoca
De su pulmon,
Con resoplido
De dolorido
Cóncavo són.
Doble columna gruesa
De fatigoso aliento,
Que hace vapor el viento
Sutil de esta region,
Cual humareda espesa,
Por la nariz opresa
Vierte tras sí en la atmósfera
El árabe bridon.
Ya deja la boca herida
Mas libre al bocado obrar,
Y más siente ya la brida
Que pudo el señor cobrar.
Ya el vértigo loco cediendo
Que ciego siguió á su pesar,
Va su ímpetu fiero perdiendo
Y empieza cansancio á mostrar.
Ya su rápido escape acortando
Detenerse pretende quizá:
Ya se templa, é igual galopando
Va en un aire pacífico ya.
Y aunque de espuma y de sudor blanquea,
Relincha audáz é inquieto cabecea;
Y aunque jadeando de fatiga está,
Aun piafa y se encabrita y escacea,
Y los hijares con la cola airea,
Y corvos saltos de costado da.
Ya cambia: ya el trote medido levanta,
Y, el cuello engallado, segura la planta,
Altivo en la sombra mirándose va.
Ya lenta y suavemente su dueño le refrena:
Se acorta: ya en el paso su marcha va serena,
Recógele: obedece: paró. ¡Loado Aláh!
¡Vertiginoso vuelo! ¡fantástica carrera!
Más rápido su impulso que el de las nubes era:
Caballo y caballero volaban á la par
En alas de un nublado. La alondra mas ligera,
Ni el águila mas ráuda, pujante y altanera,
Pudieron un instante su rapidez tomar.
Al fin cesó. — Las bridas en el arzon dejando,
Los miembros estendiendo, con ánsia respirando,
Repúsose el ginete sobre la silla al fin:
Y asborto las miradas en derredor tendiendo,
Se haló de estensas nieves en un desierto horrendo,
Océano de hielo sin costa, ni confin.
¡Ni flor, ni fiera, ni ave por la region estraña
Do se contempla aislado! — Solo hay una montaña
Que gruta cristalina taladra por el pié.
¿Y un mar y un paraíso, que ha visto el caballero,
De espíritus y genios poblados? ¿Y el sendero
Por do hasta allí ha subido? — Delirio, sueño fué.
Sobre la nieve intacta ni rastro ve ni huella,
Ni marca de camino en rededor sobre ella;
Todo es una esplanada inmensa, sola, igual.
No hay mas que nieve. Es blanca la claridad del cielo:
Blanco el espacio: blanca la inmensidad del suelo:
Los horizontes blancos. ¿Qué busca allí un mortal?
¿Adónde esta comarca estéril y desierta
Da paso? ¿De qué silos recónditos es puerta
Su misteriosa gruta? ¿qué mano la labró?
Tal vez en ella moran espíritus dañinos
Que á los mortales odian, y los fatales sinos
En dirigir se ocupan del que mortal nació.
Tal vez es la risueña y espléndida morada
De alguna dolorida y encantadora fada,
Que el vano amor lamenta que puso en un mortal.
Tal vez es la bajada del reino del olvido,
Adonde caen las almas despues de haber salido
De la penosa cárcel del cuerpo terrenal.
¿Quién sabe? El caballero al pié de la montaña
Ante esta gruta, que ornan de arquitectura estraña
Labores y arabescos de nácar y cristal,
Permanecia inmóvil: cuando hé aquí que el éco,
Hendiendo sonoroso su embovedado hueco,
Le trajo estas palabras en canto celestial.
«Ilustre y venturoso
Caudillo Nazarita,
La gloria y el reposo
Te aguardan á la par.
Tu mente, que no alcanza
Misterio tal, se agita
Dudosa en vano. —Avanza,
Avanza, ¡oh Al-hamar!»
Es Al-hamar: el noble monarca granadino.
Es él, que arrebatado sobre las áuras vino
A dar en esta helada é incógnita region.
Es Al-hamar: su nombre retumba por el hondo
Cóncavo de la gruta, cuyo vacío fondo
Repite de su canto el fugitivo són.
A este éco, en la sonora profundidad perdido,
Cual de invisible fuerza magnética impelido
El árabe caballo feróz se encabritó.
Asir quiso el ginete las bridas, mas fué tarde:
Piafando y relinchando con orgulloso alarde
Por la sonora gruta el palafren entró.