Al lado de la noche está el sigilo,
noche y sigilo que la flor anhela
para beber la miel que cae del cielo
y el perfume que vuela.
Es la noche, y mi canto va tranquilo
a ti, flor, que lo coges en su vuelo.
¡Mennhana! ¡Mennhana!
Blancos tus dientes son como las hojas
de la flor del azahar: de vida llenas,
por tus redondos brazos sonrosados
crúzanse azules venas;
y esbelta corres con tus pies desnudos
más que mi yegua al trasponer los prados.
¡Mennhana! ¡Mennhana!
Tu voz me encanta y de tus besos vivo,
y tu pecho turgente se subleva
y grita ¡amor! y con placer aspira
el viento que mis cánticos te lleva,
cual bebe la gacela en el verano
el agua dulce en que a la vez se mira.
¡Mennhana! ¡Mennhana!
Son ébano luciente tus cabellos,
tu aliento es ámbar, y marfil y seda
tus manos y tu cuello, amada mía...
Para que nada entristecerte pueda,
dime, tú, qué te falta, entre los bellos
inánimes tesoros que Alá cría.
¡Mennhana! ¡Mennhana!
Hoy mi hermano el menor vendrá temprano
sus camellos cargados con riqueza
de perfumes, collares y tejidos,
del Sultán gentileza...
Y cuanto traiga de Bagdad mi hermano
yo te daré entre ruegos repetidos...
¡Sultana, Mennhana!
Y me darás tú en cambio tu hermosura,
y besaré tus pechos de azucenas,
que en medio tienen un botón de rosa
que se destaca apenas.
¡Y nunca el lecho del que amor te jura
rival ninguna partirá orgullosa!
¡Sultana, Mennhana!