Padre, vino a la comarca,
después de la guerra última,
cierto capitán inválido
y con él una hija suya.
Vinieron siendo ella niña
(diez años ha fue la lucha);
y hoy el pobre veterano
ya apenas a andar se ayuda;
mas la hija en que se apoya,
por ser su planta insegura,
parece lleva en el alma
las diez primaveras juntas.
Siempre que los hallo al paso,
el anciano me saluda;
mas la tímida doncella
no eleva los ojos nunca.
María es su dulce nombre,
y no lo ignoráis sin duda,
pues siendo vos cura de almas
conoceréis la más pura.
Llegad, padre, a su morada,
que en vos el hábito excusa
pisar el dintel sagrado,
do nunca entró la calumnia;
hablad al padre y la hija
en nombre del que os anuncia
que elige por compañera
si su mano no rehúsa,
a la hija virtuosa
del inválido, en que acusan
honra y valor de soldado,
pobreza y heridas juntas.
La respuesta que él os diere,
juzgad bien, por las arrugas
de su frente apesarada,
si a su corazón se ajusta.
Esto cumple a mi conciencia;
procurad vos que se cumpla,
pues no siempre entra el contento
donde llama la fortuna...
Y decidme si María
me manda en respuesta muda,
una rosa de su alma
en cada mejilla púdica.