¿Visitaste la Flandes algun día,
Fernando? ¿Cobijaste la cabeza
bajo la ahumada bóveda sombría
de un cabaret flamenco?… ¿En esa pieza
cuya atmósfera espesan a porfía
el vapor del tabaco y la cerveza,
el olor de las cubas y el aliento
de la gente que llena el aposento?
Pues bien, es un lugar en donde el ruido
que la apiñada multitud excita,
el calor del ambiente enardecido,
que los quinqués opacos debilita,
y la inquietud con que entre aquel tupido
velo de humo el público se agita,
la fiebre en los cerebros introduce
Y el mareo del vértigo produce.
Mas en estas nocturnas reuniones,
en donde sin tumulto ni entusiasmo
se fraguaron tal vez conspiraciones,
donde a través de este aire de marasmo
exterior, han surgido creaciones,
que el mundo intelectual miró con pasmo,
hay, Fernando, a fe mía una secreta,
profunda inspiración para el poeta.
En aquellas flemáticas figuras
que se envían en calma gravemente
el humo unas a otras, las pinturas
de Teniers reconoces; de esta gente
en el habla, ademanes y posturas,
un no sé qué de vago, indiferente
hay, que sus personajes asemeja
a los de una fantástica conseja.
No aquí como en las fiestas tumultuosas
de la gente oriental de nuestra tierra,
se mezcla todo el mundo, estrepitosas
disputas se arman y se toca a guerra;
con su par cada cual trata sus cosas
aquí, en sí mismo cada cual se encierra,
y sólo con su pipa y con su vaso
de los que en torno tiene no hace caso.
Quién, al amigo que le escucha atento,
cuenta las amarguras de su alma
con además apático y acento
sordo, apretando en la callosa palma
el horno de la pipa; quién, contento,
libre de penas, con la misma calma
del faró sorbe el espumoso zumo
enviando al techo bocanadas de humo.
Quién, que, bajo la frígida corteza
de su apatía nacional, ardiente
encierra un corazón que la fiereza
de un imposible amor sufre valiente,
le pretende anegar en la cerveza
con aire al parecer indiferente,
y roe su pasión que no disipa
el hirviente licor ni la honda pipa.
El empírico ateo, el atrevido
conspirador que aguarda al emisario
del extranjero club, el distraído
filósofo alemán, el visionario
romántico poeta, el aburrido
comunista sin renta ni salario,
como si un mismo ser les diera un alma
beben y fuman con la misma calma.
Yo, que sin ser filósofo profundo
ni observador fanático, poseo
el don de curiosear, y por el mundo
como simple curioso me paseo,
y mis castillos en el aire fundo
con lo que atento escucho y mudo veo,
asisto al cabaret, porque allí dentro
a mi curiosidad pábulo encuentro.
Del pueblo en donde estoy los caracteres
aquí se me revelan verdaderos,
del pueblo en que las penas y placeres
en realidad existen. Los obreros
vienen aquí al salir de sus talleres,
los ricos fabricantes, los renteros,
los que compran, en fin, dinero en mano
el sudor y el talento de su hermano.
El mundo que con fe la verdad trata
porque le vale o cuesta su dinero
salud y honor; el que al placer con grata
satisfacción se entrega, y verdadero
llanto vierte en el duelo que le mata:
el que, a ambición política extranjero,
por sus negocios e interés calcula,
mas con el bien ajeno no especula.
Lejos de embaucadores agiotistas
que colman las doradas sociedades
y espléndidos cafés: de los bolsistas
que vacian con vacías novedades
las bolsas de los tontos, de estadista,
que ciegos del Estado a las verdades,
con sus combinaciones y doctrinas
los reinos cubren de miseria y ruinas.
Ese mundo es el mismo en todas partes:
es la historia del frac y la corbata:
la soirée el lunes, el raout el martes,
beneficencia pública, inmediata
protección a las letras y a las artes,
lujo, comodidad, vid barata
para todos, progreso, ciencias, luces…
¡Arranque de caballos andaluces!
Después de estos principios retumbantes
de bailes y esplendentes regocijos,
en que se han prodigado los brillantes,
cortesanos saludos y prolijos
codazos, queda todo como antes:
ni tiene el pobre pan para sus hijos,
ni, a pesar de la gran beneficencia,
sale el pueblo infeliz de la indigencia.
No busca en este mundo barnizado
su inspiración la noble poesía;
allí está el hombre asaz desfigurado
de como le hizo el Criador un día.
Siempre un abismo entre ellas han hallado
la verdad y la falsa teoría:
siempre, dice el refrán, hay largo trecho
de todo lo que hay dicho a lo que hay hecho.
Yo prefiero otro mundo más cercano
de la madre común Naturaleza;
arrojar por el traje más galano
no puede el hombre su mortal corteza;
lucha la dama por doblar en vano
con diamantes y blondas su belleza:
su rico velo de flotantes rizos
da realce mayor a sus hechizos.
Yo busco los tocados y los trajes
poéticos que pueblas las campiñas,
lo mismo en las Américas salvajes
que de Champagne entre las cultas viñas;
desde las blancas tocas sin encajes
de la pastora Suiza y las basquiñas
plegadas de Aragón, hasta el pañuelo
con que ciñe la negra el rizo pelo.
Otros, ansiando renovar el mundo,
en academias mil oigan lecciones:
yo mi saber y mi delicia fundo
en oír las sencillas relaciones,
con que los pueblos, sin saber profundo,
saben contar su historia y tradiciones:
mejor juzga la gente de estas tierras
que la historia mejor de nuestras guerras.
Por eso paso las nocturnas horas
en el flamenco cabaret, del humo
entre las hondas pardas o incoloras
visiones viendo que crear presumo,
o haciéndome narrar encantadoras
populares leyendas mientras fumo,
o relatando yo las mil que encierra
el oriental rincón de nuestra tierra.
En aquel aposento separado
que se ofrece al curioso forastero,
o a la pareja a quien amor vedado
está por un celoso cancerbero,
en aquel aposento decorado
con lujo no, mas sí con limpio esmero,
es, oh Fernando, donde yo me instalo,
y al estilo flamenco me regalo.
Aquí es donde al amor de un manso fuego
el grato aroma del café respiro:
aquí en las ondas del olvido anego
mis pesares, al par que el humo aspiro
en turca pipa del tabaco griego:
y cual Hoffmann fantástico me inspiro,
y evoco las poéticas visiones
hijas de nuestras cálidas regiones.
Pero de mis delirios no hagas caso,
¡oh Fernando! no hay llama que encienda
nuestra apagada juventud: escaso
de fuerza ya, es inútil que pretenda
henchir la pipa ni apurar el vaso;
lo que te cuento es sólo una leyenda,
mas que te prueba que la vida mía
hechiza por doquier la poesía.
Invócala tú, pues, y tus dolores
conjura con la cítara, y tus males
ahuyenta con tus cánticos: de flores
ciñe otra vez tu sien, los arenales
deja de la política y mejores
horas tendrás: y en goces ideales
tu celestial espíritu embebido,
de tu cuerpo el dolor dará al olvido.
Remitirte un buen prólogo quisiera
para tu libro: mas mi pluma ahora
alguna sura del Korán te diera
tal vez, pues Boabdil la ha vuelto mora;
mas en este papel mi fe sincera
te muestra bien lo que tu fe no ignora:
que te amó en la niñez, que aún te ama
y amigo aún mi corazón te llama.