¿Quién no conoce de Merlín la historia?
Me diréis con desdén: «¡Cuentos de antaño!»
Pero, ¿quién no conserva en su memoria
algún detalle de su cuento extraño?
¿Quién no alberga en su mente con cariño
el recuerdo de alguna maravilla
de aquel cuento que oía cuando niño
o de un papel leía en un pedazo,
sentado de su madre en la rodilla
o mecida por ella en su regazo?
Todos sabemos de Merlín un poco:
y aunque Cervantes hizo dura guerra
con su ingenioso incomparable loco
a cuanto libro su memoria encierra,
el poder de Merlín no era tampoco
de los que el soplo disipar podía
del aliento de un hombre en solo un día;
que en un día no más no se derroca,
se aniquila y se entierra
lo que ha siglos que el pueblo trae en boca,
lo que al amparo popular se aferra.
Triunfó de los vestiglos y gigantes
paladines y príncipes andantes
a quienes encantaba y protegía:
mas con Merlín en tierra al dar Cervantes,
no pudo echarle encima tanta tierra
que bajo ella Merlín no se rebulla
y, viejo pertinaz, de cuando en cuando
entre el vulgo mortal no se escabulla
señales claras de existencia dando.
Y aunque no salga a luz con tanta bulla
y en tan gentil y noble compañía
como cuando, al poder de sus encantos,
delante de los príncipes hacía
marchar las rocas y danzar los cantos,
y con una palabra que escribía
de un príncipe doncel en el escudo
invencible le hacía,
no por eso Merlín de avisar deja
que, aunque duerme en la historia, todavía
reina en la tradición y en la conseja.
Aún hoy de sus hogares
rústicos al calor, los castellanos
labradores, lo mismo que los rudos
campesinos ingleses y germanos,
flamencos y bretones,
en sus rocas y playas do sañudos
sin cesar rugen tempestuosos mares,
narran y leen las viejas tradiciones,
las leyendas y cuentos populares
en que Merlín en alas de dragones
acude a proteger en sus azares
al bravo rey Arthur y a sus barones,
a Carlomagno y a sus doce Pares.
Todavía en la Galia y Gran Bretaña,
lo mismo que en América y España,
por ranchos, alquerías y lugares,
ostentan las sin par ilustraciones
de los miles de miles de ejemplares
de sus innumerables reimpresiones
la imagen de Merlín en su portada,
de barba inverosímil decorada,
fabulosa nariz y ojos saltones.
Lo que el pueblo por sí para sí crea,
vive siempre con él y se le adhiere
cual la corteza al árbol que rodea;
y el pueblo lo apadrina, lo prefiere,
lo acaricia, lo nutre y lo caldea
y lo oculta y lo evoca cuando quiere,
y con ello se encanta y se recrea.
No, que en vano la crítica lo espere:
por añosa y por rústica que sea,
la tradición del pueblo nunca muere:
se acoge a los hogares de la aldea,
del pueblo fiel en el hogar se anida,
y cuando, desdeñada, no campea,
al calor del hogar conserva vida.
Merlín es popular porque es el mito
creado por el pueblo; y ha durado
su nombre nueve siglos, porque ha estado
en la memoria popular escrito:
y aún vivirá del pueblo en la memoria
porque el pueblo las puertas le ha franqueado
del porvenir fantástico, vedado
a la verdad de la severa historia.
Campea, sin embargo, en alto puesto
en sus nobles anales: de los reyes
leal amigo y consejero sabio,
faro que alumbra su época confusa,
dió a su pueblo valor, creencia y leyes
la inspirada palabra de su labio
y el profético canto de su musa.
Un dios hizo de Arthur con sus cantares:
con su ciencia y poder teniendo a raya
las crespas ondas de los Cambrios mares,
hasta que, la evidencia de su muerte
envolviendo en poético misterio,
hizo por siglos de su brazo inerte
la lanzada esperar que sólo puede
vencer la raza del germano imperio,
dió a su leyenda la excelencia extrema
que ni en la forma ni en el fondo cede
a lo narrado en el mejor poema.
Mas Merlín fué mortal: fallar no puede:
pues fué de una mujer y un silfo hijo,
tuvo en miserias que caer de fijo.
Merlín fué encantador, nadie lo ignora:
mas, ¿quien le dió los mágicos poderes
con que obró sus prodigios? ¿Tiene ahora
poder alguno sobre algunos seres
súbditos suyos? ¿Vive? ¿Dónde mora?
Si murió, ¿dónde, cómo? Pareceres
hay mil sobre esto y sobre todo hay datos:
pero de cierto, nada entre dos platos.
Lo que se cuenta de su fin no basa
más que sobre un rumor; su muerte ignota
de relación quimérica no pasa.
Mi cuento va a sondar en la remota
lobreguez del pasado y en la casa
del mago, por si logra alguna nota
a su historia añadir, que diga en suma
lo que no dijo de él lengua ni pluma.
Descuidó una verdad de data luenga
de escritores el vulgo olvidadizo,
y es: «que hombre no hay que a tropezar no venga
en la fruta de Adán: que escurridizo
suelo la vida es: no hay quien no tenga
el corazón de barro quebradizo.»
¿Cuál fué el tropiezo de Merlín ¿No hay huella
de mujer en su historia? ¿Quién es ella?
Que los senderos ásperos descombre
de su historia la pluma. Aquel portento
de ciencia, que de ser goza renombre
dueño de tierra y mar, señor del viento,
¿no tropezó jamás? Pues era hombre,
¿cuál fué su tropezón? Aquí está el cuento.
Si tropezó Merlín, quedará huella
de semejante tropezón. ¿Qué es de ella?