Harto, al cabo, Merlín de gloria y fama,
y harto de ser el protector o el bardo
de tanto paladín y tanta dama,
de tanto rey legítimo o bastardo,
de tanto enamorado caballero
y tanto vagabundo aventurero:
harto de hacer castillos y palacios
de unos para placer, de hacer a otros
cruzar comarcas y salvar espacios,
llevándoles a lomo, no de potros
ni de otra más vulgar cabalgadura,
sino de grifos, sierpes y vestiglos
de horrenda forma y de infernal bravura,
para que fueran héroes de esos lances
extremos y románticos percances
con que la poesía de otros siglos
con profusión que pareció locura,
llenó historias, comedias y romances;
determinó, por fin, el viejo mago
la corte abandonar del rey Arthuro,
para vivir en paz libre y seguro
de tanta aparición, duende y endriago.
Merlín era ya viejo: mas como hijo
fué de un silfo inmortal y una druidesa,
no tenía su vida tiempo fijo;
y aún no sé cuál de sus cronistas dijo
que ser no puede de la muerte presa.
Merlín era ya viejo, mas el tipo
mejor de dignidad y de belleza
que pudo presentar griega cabeza
de los tiempos de Apeles y Filipo.
La vejez de Merlín era nobleza
venerable y simpática, que admira
por sobra de vigor; no repugnante
decrepitud ridícula, que inspira
por débil compasión. En su presencia,
en su voz, en su acción, en su semblante
rebosaba el vigor, la inteligencia,
la inspiración del ánimo gigante
del grande Ser, de superior esencia
a los humanos y mortales seres
que nacen hijos de hombres y mujeres.
Merlín, hijo de un silfo que fué un día
ángel del cielo, de Luzbel hermano,
y con él de su excelsa jerarquía
privado por el fallo soberano
de Jehová, tenía
de divino en su ser más que de humano;
tenía más de espíritu que de hombre,
pues era un genio de mortal con nombre.
Su ciencia era insondable, prodigiosa;
su padre, el silfo, el ángel destronado
del cielo, con paciencia cariñosa
cuanto sabía él le había enseñado:
los secretos más hondos de la ciencia,
los que hunden en misterio el más profundo
la fábrica, la marcha, la existenccia
de la admirable máquina del mundo,
penetró de Merlín la inteligencia;
en lo poblado a par y en lo desierto
Merlín leía como en libro abierto.
Por eso su existencia había pasado,
ajeno a las flaquezas y miserias
a las que vive el hombre esclavizado:
y vivió, libre de ellas, entregado
a concepciones grandes de obras serias.
Mas harto de ayudar a los humanos
en las grandes y locas niñerías
en que pasan sus noches y sus días
para hacerse no más, fieros o insanos,
esclavos unos de otros y tiranos,
la corte abandonó del rey Arthuro
una mañana al despuntar el día,
creyendo que a hora tal partir podría
de la vulgar curiosidad seguro.
Partió, pues, de las nieblas amparado
por el velo que el día hacía oscuro
y en su nudoso báculo apoyado
salió de la ciudad: bajó a la orilla
del Támesis: cercana a la ribera
se mecía una barca de alta quilla,
de larga eslora y por demás velera.
Tripulación bretona la montaba,
sin duda de Merlín bien conocida
y que tal vez al mágico esperaba,
destinada por él a su partida.
Mientras Merlín al Támesis bajaba,
salió tras él de la ciudad, su paso
por el del sabio regulando acaso,
una mujer que el rostro recataba
y toda su figura
en los pliegues de su amplia vestidura.
Llegó Merlín al barco; los bretones,
con respeto acogiéndole profundo,
demostraron que saben lo que el mundo
debe al genio que admira a las naciones.
Al pisar el bajel el viejo mago,
mandó desarrollar la blanca vela
y favorable ser al viento vago
al rumbo de la dócil carabela.
Pero mientras la vela se tendía
y revoltoso viento se fijaba,
ligera como una árabe gacela,
la velada mujer que le seguía
en el bajel tras de Merlín saltaba:
y la tripulación, que ha comprendido
tal vez por el afán y la cautela
con que tras él la incógnita ha venido,
que tiene su sanción o por él vela,
la acogió con amor: y al viento dando
la comba faz del reforzado lino,
se hinchó en él el mástil encorvando:
y la nave bogó, tras sí dejando
de hirviente espuma burbujeante estela
del agua sobre el lomo cristalino:
y con el río rápido avanzando
fué con velocidad maravillosa
con él a entrarse por la mar ondosa.
Merlín, o en los profundos pensamientos
de ulteriores proyectos absorbido,
o para dirigir los elementos
con el dominio de ellos que ha adquirido,
obligando a las ondas y a los vientos
a conducirle a su orden obedientes
al través de tormentas y corrientes,
de los seres mortales abstraído
sentóse a proa, con afán constante
mirando sin cesar mar adelante.
Los marinos bretones
dejáronle en silencio respetuoso
amasar de su mente en los rincones
las elucubraciones
de aquel arrobamiento misterioso,
a su poder fiando y a su ciencia
su barco y su existencia
a la merced con él del mar ondoso.
La velada mujer desconocida,
tal vez con igual fe, tendióse a popa:
y despierta o dormida,
allí permaneció muda e inmoble,
envuelta entre los paños de su ropa
y de su velo en el plegado doble.
El barquichuelo, en tanto,
bogaba rapidísimo y derecho
como llevado a impulso de un encanto
a entrar, la isla costeando, en el estrecho.
Entró en aquel canal siempre agitado
por un mar borrascoso, que se irrita
entre aquellas dos costas encajado,
que azota sin cesar desesperado
por ver si de los flancos se las quita.
Y en aquel negro mar la carabela,
entre la nube de marina bruma
que el aire de este mar siempre encapota,
iba debajo de su hinchada vela
y en medio de un montón de hirviente espuma,
sobre blanco vellón cual parda mota,
cual pelusa del aire en limpia tela,
que sobre su haz más adherida flora
y sobre su haz sin desprenderse vuela:
iba, en fin, arrastrada en la apariencia
sin gobierno, sin rumbo ni derrota,
del viento y de la mar por la violencia
a estrellarse tal vez en playa ignota.
Mas obra fué, sin duda,
del poder de Merlín: playa cercana
se avistó con el sol de una mañana
deliciosa de mayo: y de repente
fué la barca a abordar roca desnuda,
a cuyos pies en la tendida arena
van a desparramarse mansamente
las limpias olas de la mar serena.
Saltó en tierra Merlín, de bendiciones
cargándole al partirse los bretones:
mas apenas Merlín les dió la espalda
cuando sobre las suyas los marinos
de la mujer sintieron los pies finos
posarse y resbalar su suelta falda.
Cuando alzaron absortos la cabeza,
sobre ellos la mujer había pasado
y en la playa saltado
con esa agilidas y ligereza
del corzo y del antílope, que rasan
al parecer ingrávidos el suelo
por sobre el cual en su carrera pasan,
pareciendo a la vez carrera y vuelo.
Entonces la mujer, que con pie leve
la superficie de la arena lisa
sin dejar huella en su tersura pisa,
y a quien distancia todavía breve
de la barca separa,
los dobles pliegues apartó del velo
que entolda el cielo de su linda cara;
con una graciosísima sonrisa
que cambió en alegría su sorpresa
envió su despedida a los marinos,
y a seguir al gran mago se dió priesa
hacia una selva de gigantes pinos.
Apercibió Merlín el ruido suave
de sus pasos tras él; y la cabeza
volviendo a la mujer, su gesto grave
de hallarla allí manifestó extrañeza:
mas a mirarla se paró. ¿Quién sabe
si fué para admirar tanta belleza?
Paróse ella mirando que él se para
y en calma le dejó que la admirara.
El buen Merlín la contempló un instante;
mas qué impresión en él tal hermosura
hizo, no dejó ver en su semblante.
Y una frase encomiástica ni dura
sin decirla, a seguir volvió adelante;
ella afrontó con grácil apostura
su mirada: y cuando él se apartó de ella,
volvió a echar la mujer tras de su huella.
¿Qué pensó de ella el sabio? ¿La sentía
con placer tras de sí? ¿Le contrariaba
sentirla tras él ir? ¿La conocía?
Sigámosles… y a ver en lo que acaba.