Adiós! Acaso más nunca me veas:
Pero graba en tu alma estas ideas,
Escritas solamente para ti:
Y cuando a solas mis palabras leas
Sin mí, feliz o desdichada seas,
Acuérdate de mí.
¡Rosa, le mejor de los humanos seres,
Cifra de la virtud de las mujeres!
Si pura como yo te concebí
Cual mártir vives, y cual santa mueres,
Cuando en presencia del Señor te vieres
Acuérdate de mí.
Si víctima infeliz de mis pesares,
O presa de las ondas de los mares,
Dios me envía a morir lejos de ti,
Mi alma vendrá a albergarse en tus hogares,
Y te dirá tenaz si me olvidares;
Acuérdate de mí.
No me olvides jamás: nadie en el mundo
Te amó con un respeto más profundo
Que el que te tuve yo mientras viví.
Mi alma al dejar mi cuerpo moribundo
De mi vida hasta el último segundo
Se acordará de ti.
Adiós, ídolo y luz del alma mía!
En el amparo del Señor confía,
Y ora con fe por que me vuelva a ti,
mas si de ti por siempre me desvía,
Si no vuelvo jamás, en mi amor fía,
Y de tu vida hasta el postrero día,
Acuérdate de mí.
Carlos tenía un corazón gigante:
En sus cartas jamás se había mostrado
Triste o desanimado:
En su esperanza y en su fe constante
Siempre había mirado
Con sublime valor hacia adelante.
¿Qué era, pues, lo que así le había mudado?
¿Qué quería decir tal despedida?
¿Temía por su vida?
¿La iba a exponer a inevitable daño?
La desdichada Rosa no sabía
Cómo explicarse su lenguaje extraño:
Y atenta a si otra carta recibía
Contaba cada mes día por día:
Y en semejante afán se pasó el año.