Cayo, jamás de su memoria el hombre
destierra los recuerdos de la patria,
ni las semillas de la fe en que nace
del corazón voluble desarraiga.
El que la tierra en que nació abandona,
por el fiero huracán de sus desgracias
arrebatado a su pesar, quien de ella
parte de gloria o de placer con ansia,
desventurado aquél, éste dichoso,
huésped allí desde la tierra extraña,
en su bien o en su mal los ojos vuelve
hacia el país donde pasó la infancia.
En nuestra mente virgen las imágenes
de la niñez purísimas se graban,
y el renegado vil y el duro ateo
al Dios de su niñez muriendo llaman.
El huerto do corrimos cuando niños,
el oscuro desván que nos causaba
pavor, la efigie del altar del templo
donde oíamos misa, la dorada
veleta de la torre que se erguía
frontera del balcón de nuestra casa,
la oración que de noche al acostarnos
nuestra madre a decir nos enseñaba,
el antiguo cantar con que en la cuna
nuestra nodriza nos dormía, páginas
son del libro inmortal de la memoria,
bien que a la eternidad se lleva el alma.
Perenne manantial de poesía
son de la vida en la fortuna varia:
el que vive feliz, en su corriente
fresca y salubre con placer se baña;
el que infeliz, abreva su memoria
de sus recuerdos en la fuente amarga:
éste a su triste son vigila insomne,
aquél tranquilo a su rumor descansa;
mas ambos beben con delicia siempre
en el raudal de sus bullentes aguas,
las cuales el país de su memoria,
erial o jardín, regando pasan.
Nuestro espíritu, a sombra de sus zarzos
o en sus bosques de mirtos y de palmas,
sus horas de placer o de amargura
alegre goza o despechado arrastra.
Ese mundo invisible que le cerca,
esas quimeras mil que le acompañan
siempre y doquier, en sueño y en vigilia,
¿qué son? Amigos que a su lado viajan
de la existencia por la senda, gotas
que de la fuente del recuerdo manan,
ecos que trae al templo de la mente,
desde el vergel de la niñez el aura.
El que niega traidor que les conserva,
miente a su corazón, mas no le engaña;
y, espectros vengadores, esperándole
a los pies de su féretro les halla.
El que en su corazón les aposenta
y les cultiva cual preciosas plantas
del jardín de la vida, con su aroma
de la suya los días embalsama,
de ella alumbra a su espíritu el camino
de una fe limpia con la antorcha clara,
y el ser que hubo de Dios, cuando a Dios vuelve,
ve que a las puertas del Edén le aguardan.
Cayo, tú que indelebles conservaste
de la niñez las tradiciones santas,
tú, vástago regado con el jugo
de aquella vieja educación que a España
dio nobles, preclarísimos varones
que, sin ciencia tal vez, mas con fe sana,
llevaron sus enseñas vencedoras
a remotas e incógnitas comarcas,
entra conmigo en las tortuosas sendas
del laberinto oscuro de estas páginas,
en cuyo centro encontrarás ardiendo
de mi creencia la escondida lámpara.
Es uno de esos libros cuyo asunto
ninguna antigua crónica relata,
ni escrito pudo ser sino en las hojas
del archivo recóndito del alma;
una de esas sinceras narraciones
que el poeta a sus solas desparrama
sobre el haz de un papel, como semilla
que se siembra al azar sin esperanza.
Acaso va a caer en tierra fértil
y fructifica: acaso cae en árida
e infecunda ladera, y ni aun las aves
por pasto vil a recogerla bajan.
Una de esas leyendas que tan sólo
la fe tenaz de los poetas narra
sólo para creyentes verdaderos
a cuya ciencia humilde la fe basta.
Una de esas historias que se cuentan
a un amigo poeta o entusiasta,
o que a la faz del siglo descreído
desde la cumbre de la fe se lanzan;
desde la cual, sin cólera y sin miedo,
como desde lugar donde no alcanzan
los chicheos del vulgo, se la arroja
cual semilla sobrante en tierra mala.
Obra de quien no mora en este mundo
ni con su siglo va ni con su raza,
sino de otro universo más poético
y más feliz en la región fantástica.
Historia ¡oh Cayo! de esas que no constan
en documento alguno consignadas
y que tan sólo los poetas saben.
¿Quién al poeta se las cuenta? El agua
tal vez de algún arroyo que murmura,
el gemido tal vez de alguna ráfaga,
alguna perezosa golondrina
que vuelve sola en el octubre al África,
tal vez el vuelo, imperceptible casi,
de un insectillo de sonoras alas,
el ruido de la lluvia que se estrella
por el viento impelida en su ventana,
algún silfo invisible que hace lecho
del capullo de alguna pasionaria,
el silencio tal vez de alguna noche
azul, tranquila, trasparente y diáfana,
el son tal vez de las marinas olas,
tal vez el de una amante serenata,
de algún pastor el cántico lejano,
el son de trompa cóncava de caza,
el rumor de las hojas de algún árbol,
el eco que suspira en la montaña,
la exhalación que rasga el firmamento,
el rojizo fulgor de una almenara,
las solitarias ruinas de un castillo,
de una campestre ermita la campana,
la misteriosa cruz de una vereda,
de un perdido bajel la vela blanca,
algún nublado que a lo lejos zumba,
algún torrente que en las rocas brama,
un fuego fatuo que movible brilla,
alguna estrella que perdida radia,
una ilusión tal vez sin faz ni nombre...
¿Quién de la inspiración sabe la causa?
¿Quién conoce el oráculo en que el estro
al corazón de los poetas habla?
¿Quién conoce los seres que producen
esos ruidos nocturnos que se escapan
de entre el tapiz que nuestro cuarto abriga,
del pabellón que envuelve nuestra cama,
del vacío cajón de nuestra cómoda,
de la trémula luz de nuestra lámpara,
del seno, en fin, desierto y silencioso,
del aire sin color de nuestra cámara?
¿Quién conoce la faz de esas quimeras
que en su vacío temerosas se alzan,
vuelan, caminan, ruedan, desparecen,
giran, voltean, gesticulan, danzan,
se aglomeran, se esparcen, se confunden,
se iluminan, se encogen, se dilatan,
ya sobre alas de dragón se ciernen,
ya del techo se cuelgan con sus garras,
ya se hunden a través de los espejos,
ya surgen a través de las mamparas,
ya en nuestra faz ingrávidas se posan,
y huyen por fin ante la luz del alba?
¿Quién sabe si esos seres incorpóreos
que en el espacio de los mundos vagan,
son los que en el cerebro del poeta
de estas historias el relato graban?
Él las lee en su cerebro de repente
por invisible mano y en palabras
misteriosas escritas, e inspirándose,
al idioma del hombre las traslada.
¿Quién excitó su inspiración? –Se ignora.
Tal vez de origen desigual dimanan:
de Dios, las que a su fe nos aproximan,
de Satán, las que de ella nos apartan.