Y la Historia es un momento,
una mísera palabra,-
una mísera palabra que resuena altisonante-,
un clamor en el desierto, nada más.
Son los siglos como un sueño:
eran nada y se hacen nada,-
nada mismo, olvido mismo: noche y paz.
Los archivos van al polvo
y a la sombra impenetrable
de un lenguaje incomprensible
como cuentos de otros mundos,
como el verbo de unos seres que no fuesen
ni siquiera el antropoide,
ni siquiera una vislumbre de razón,
de humanidad.
Los azotes de la Historia no castigan:
crean dioses;
crean tipos fabulosos, mitológicos,
arrastrados al dolor por el destino,
condenados al delito por las horas,
sometidos al horror de la tragedia.-
del incesto al parricidio-,
por las fuerzas del ambiente;
porque así lo dispusieron las costumbres,
las pasiones imperantes,
los impulsos, los delirios,
las herencias y atavismos: lo fatal.
No; la Historia es un momento, una mísera palabra-
una mísera palabra que resuena altisonante...
Para ti, para la serie
larga y negra de tus crímenes horrendos,
cien millones, mil millones de centurias
son un soplo.
Te reclaman los archivos de lo eterno:
vida eterna, fuego eterno, llanto eterno,
sin Plutarcos,
sin siquiera la sonrisa de Caín el fratricida:
dolor pleno, dolor sumo, dolor puro
por los siglos de los siglos;
y en aquella angustia eterna,
tú y Satán.