En un mundo tan estrecho y fugitivo
cual un campo de gitanos,
que hoy es vida clamorosa
y mañana soledad;
en un mundo tan endeble y reducido,
tan astroso y vacilante
como el triste carromato gemebundo,
donde ultrajan a Talía por las plazas y las ferias
los histriones derrotados,
los tediosos comediantes derrotados
que darían los imperios de la tierra
por un pan;
en un mundo tan pequeño como éste,
tan pequeño y deleznable
que un insecto deleznable
deposita en la bruñida superficie
de una copa de cristal;
en un mundo como éste en que nacimos,
así frágil y menguado,
así vil y transitorio,
que hoy es nota bien precisa en el espacio
y mañana no será:
no hay siquiera la esperanza
de una vida y una forma permanentes;
no hay el ámbito geográfico bastante,
ni alargándole su diámetro
hasta dar con el volumen de cien soles;
no habrá nunca
ni metales, ni carbones, ni bastantes calorías,
ni energías suficientes,
ni apropiadas resistencias,
para el horno,
para el cráter,
para el círculo dantesco,
para el báratro sin fondo y sin orillas,
para todos los abismos inflamados
que te deben supliciar.
No; la Tierra es tan fugaz, tan reducida,
como un campo de gitanos:
para ti la Eternidad.