Almo, divino sol, que en refulgente
carro sacas y escondes siempre el día
y otro, y el mismo naces tras la fría
sombra que huye la alba luz ardiente.
Pura y cándida llitia, que luciente
eres del cielo honor, si se desvía
el áureo rayo que tu hermano envía
a tu hermosa faz resplandeciente,
venid ambos, venid, lustre del ciela,
fáciles a mis ruegos; tú, Lucina,
seas blanda a Celia en la cercana hora.
Y pues te honra, oh Febo, con divina
voz, da al infante, cuando sienta el hielo
del aire, ingenio y dulce voz sonora.