Salve, oh mancebo, flor de la hermosa
llama que enciende y cerca el puro cielo;
cuanto menos que Cintia generosa,
tanto luces más cándido en el suelo,
Apacible destierra en la sombrosa
noche el horror de su medroso velo;
que aún no vibra su hacha luminosa
Venus, mirando al gran señor de Delo.
Luce en su vez, ¡oh Héspero dichoso!,
en su silencio, y con tu luz me envía
a mi dulce esplendor y mi cuidado;
y si tal vez sentiste el amoroso
fuego que así encendió mi pecho helado,
dame no errar por tenebrosa vía.