Cuando te miro, ¡oh fresno!, así al helado
soplo del aquilón, calvo la frente,
y altivo y blando soplo de occidente,
de purpúreo verdor la cima ornado,
alegre vuelvo a mi infelice estado,
y esfuerzo así mi corazón doliente:
«espera, no importunes al luciente
cielo con voces y con llanto airado.
Tiempo será que tan crecida pena
acabe, y tú luz goces, si oprimido
yaces ahora en tan profundo hielo.
Y si el volver del incansable cielo
da a un mudo tronco el verde honor perdido,
¿cómo a ti no tu pura luz serena?»