Sabes de mi pasado la leyenda
sentimental, lo torvo de mi sino;
sé buena con el pobre peregrino
que quiere descansar bajo tu tienda.
Sé manojo de mirtos en la senda
que pobló de sarmientos el Destino,
el talismán virtuoso de Aladino
que de los maleficios me defienda.
¡Quiero tus tibias manos en las mías!
Haz que de mis pasadas alegrías
resuenen los sonoros cascabeles,
y llegarás a ser por tu clemencia
un lucero de paz en mi conciencia
y una rosa inmortal en mis vergeles.