¿Qué importará que el avariento cobre
oro a quintales, perlas ciento a ciento,
si la sed misma de que está sediento
le obliga siempre a que ruindades obre?
Más rico que ese rico es aquel pobre
que, de ambición y de codicia exento,
hace que lo que falta al avariento,
como no lo apetece, a sí le sobre.
Las riquezas el uno desestima,
el propio engaño al otro lisonjea;
me agrada aquél cuanto éste me lastima.
Pues ¿quién será tan ciego, que no vea
que éste es siervo del oro, pues le estima,
y aquél señor de sí, pues no desea?