Pongo a los reales pies de vuestra alteza,
princesa de hermosuras, el escudo
con que a las lides del amor acudo
por conquistar favores y nobleza.
Quién en riña probó mi fortaleza,
vencer mi arrojo, sin rival, no pudo:
jamás mi acero se miró desnudo
sin abonar su temple y mi fiereza.
Estoy a vuestros pies... Si a los cristales
de esas altas ventanas ojivales
llega el amor que os doy como corona,
recogedlo gentil, porque os envío
un ramo en flor con versos por rocío
mientras queda de guardia mi tizona.