Estaba hundida en la sombra y acababa de despertar. Ya no era la larva tímida que se acordaba vagamente de una existencia pasada, y pugnaba inútilmente por salir de aquel encierro sombrio; estaba atada por las mayas de seda de una red gris; sentía balanceos de rama inquieta en su prisión; tenía miedo.... Iba á desmayarse y repentinamente se rasgó el velo que la cubría. Cayó deslumbrada; un rayo de luz la había herido, y huyó, huyó sin saber cómo, impelida por una fuerza ignorada, hasta que lejos, se detuvo en una rama escueta. ¡Qué embriaguez! embriaguez de sol.... La luz que fulguraba en la fronda húmeda, prendía ascuas en cada pétalo, y tendía un tapiz de chispas en el lecho de arenas de aquel parque. —¡Hola! ¡qué bella! exclamó una lagartija. —Adiós, le dijo con acento italiano un pájaro de vuelo parabólico. —¡Cuídate, hermosa! murmuró un moscardón zumbando. Ella estaba confusa; no despertaba todavía y la atraía algo: un reflejo de oro incendiado, un charco que relampagueaba herido por el sol. Se detuvo al borde y la ahogó la emoción. Aquello era un espejo donde se reflejaba deslumbrante, viva, con colores de flor. Era una ninfa de ébano, con alas pálidas manchadas con siluetas fantásticas de colores vivos. Tenía un collar de seda de oro, y sus mosaicos fingían en la luz un cuello de pedrería.... Era verdad lo que le habían contado. Una rosa pálida había muerto presa de un amor callado, virgen, puro, ardiente, y su espíritu era ella, la mariposa. Por un último mal pensamiento estaba condenada á buscar en todos los cálices de flor un néctar que la embriagaría, caería aletargada por el perfume y despertaría en un cielo luminoso donde las rosas blancas se casan con las aves amadas. Y emprendió en rápido giro su carrera. ¿En qué flor estaría el néctar? ¿Sería en aquel broche de oro y perlas que fingía estrellas de nieve? Nó. ¿En aquella urna purpurada? Nó. ¿En aquella flor pequeña que asomaba entre hojas perdidas como una pupila azul? Tampoco.... Se colgó á las fuschias, se hundió en el nácar de las azucenas, se meció en la guirnalda sombría de las hiedras, en la carne femenina de las rosas, en el pétalo lúbrico de las amapolas.... Una niña, blanca como las rosas, y alegre como el día, correteaba: la vió, se detuvo, creyó que era flor y voló á la madeja rubia de sus bucles. No, no era flor, porque retrocedía espantada sacudiendo sus cabellos.... La vió partir. ¿Estaba condenada á no ir al cielo? Plegó las alas tristemente, y presa de amarga melancolía, se hundió en el venenoso cáliz de una flor monstruosa. A un lado había una corola lánguida, blanca, que parecía una virgen pálida de amores. ¡Ella es, sí, es! y bebió el néctar. Comenzó á dormirse: veía en un infinito de claridad el perfil de una ave de alas abiertas.... No supo más. La arrebataron medio ebria, y cuando despertó, no en el cielo, sino en una caja de cristal, estaba crucificada en una tarjeta, y abajo, con tinta azul, escrito su nombre, ¡su epitafio! Un señor serio, viejo y feo, decía en voz baja una palabra latina, y ella pensó: ¡estoy en el infierno! Y el infierno de las mariposas es una caja de cartón junto á la cual un viejo habla de zoología........ Ha dicho muy bien un poeta: los ensueños son mariposas, y casi todos los viejos son filósofos y naturalistas; ¿los crucifican por amor al matiz de las alas? No, ven ellas un gusano vestido con los pétalos de una flor, ¡y eso es curioso! ¿Sabéis por qué muchos hombres revolotean asi de flor en flor como las mariposas? Porque buscan una rosa blanca que los duerma con ese dulce sueño de la embriaguez de los anhelos; vuelan sobre todas y ¡cuántas veces la de junto es la urna de ese néctar que cuesta la muerte, y creen haberlo encontrado en un cáliz espléndido de color y de veneno.